Sangre fácil

Odio ir en autobús. No hay nada fóbico ni mucho menos “técnico-estadístico” en esta manía que se remonta, creo, a los años setenta, cuando pasaba más tiempo en la calle que en casa. ¡Hubo una temporada que hasta llegué a marearme en el Bus! Además, el mapa del metro es legible y hasta cabe en el bolsillo. Y por supuesto, mientras esperas en el andén no se te pone esa cara de ansioso cada vez que aparece, a lo lejos, un “carromato deportivo” de color rojo, como pasa en la parada del Bus. Y pese a la reciente señalización electrónica, si estás lejos de ser joven te dejas la vista desentrañando si es el número que esperas como si te fuera la vida en ello.

Que yo recuerde, por el túnel del metro nunca aparece un taxi, ni una calesa tirada por cuatro corceles, ni un motorista con la moto tuneada machacándote los oídos, ni una manifestación de los 15-M dándole al pito y a la pancarta. También, es cierto, que está Horacio Oliveira –que siempre es un tanto a tu favor-, a quien le encantaba “perderse” por la red suburbana de París. Y, por supuesto, las fotos de Nocturama. Y, ahora mismo, la espléndida película de Woody Allen, quién de vez en cuando sigue dejándote clavado en la butaca del cine con cara de bobo y una sonrisa en los ojos. Por cierto, nada que ver con la tiranía de lo positivo.

Me fastidia la tiranía de lo positivo, toda esa gente que está dispuesta a sacrificar el placer del dolor, el duelo por un día mal planteado y peor resuelto, que provoca sentimientos encontrados, un mal de sabor de boca que te conduce irremisiblemente a la dialéctica del bien y del mal, y que, paradójicamente, hace que el día siguiente amanezca con la potencia de una canción de los Beatlers. “I Saw Her Standing There”, por poner un ejemplo.

Me dan urticaria los ignorantes que presumen de su incultura, pero todavía más los que van de sabiondos y piensan que el que da primero da dos veces. Esos mismos que arrancan la conversación exclamando (refiriéndose a tal película o cual libro: “¡Es horrorosa!”) sin darte opción al coloquio o la controversia o, lo que es peor todavía, empujándote a la agria polémica y, si es preciso, al insulto. Suelen ser individuos de todas las edades, oficios y procedencias, que confunden la madurez con la “suficiencia”. Conversación zanjada. Odio discutir con los idiotas.

La lista sería interminable. Creo que la prohibición de posesión de armas de fuego es una de las medidas más sabias. De no ser así todo sería demasiado fácil. La sangre, por supuesto.

Marcelo Aurelio

© Marcelo Aurelio

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Músicos en el tren – Barcelona

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