Me encantan esas mujeres que llevan el paraguas en bandolera, como si fuera una guitarra o un bebé.

Primer periplo del día: esa mañana tuve que correr para alcanzar el metro. Recuerdo algunos detalles con tanta precisión que incluso me sorprendo. Por ejemplo, que un tibio y pegajoso sudor estremeciera mis piernas al contacto con los tejanos recién planchados. Que en mi Mp3 las canciones de Ute Lemper resonaran en mis oídos (Punishing Kiss)… Y el sabor del café todavía en el paladar. Me enfrenté una vez más a la leve perplejidad de cada día. Ahí fuera, llovía con ganas.
Eran tiempos en los que yo también me creía inmune a casi todo en general y a la neumonía en particular. Seguro que los indios cherokee creían lo mismo –y con más razón, pues sus dioses eran mucho más poderosos que los nuestros- y aún así acabaron como acabaron: les robaron hasta los caballos, ese animal que tampoco era suyo. Fantasía de juventud que desapareció en alguno de mis múltiples traslados de piso, junto a una colección completa de vinilos de jazz a la que tenía gran aprecio.
Aunque reconozco que me arruinaba pensar que un día me moriría sin haber hecho algunas cosas que ahora mismo no puedo contar por un necio pudor. Y es que, aunque aún no lo sabía con certeza, intuía que alimentar deseos incumplidos era perjudicial para la salud, aunque ya empezaba a estar convencido de que quedarse sin ninguno resultaba poco menos que inevitable.
Así pues, para combatir el chaparrón copié la solución del paraguas. El paraguas es un invento chino que - dice WikipediA en “inventos” y “curiosidades” - aparece en estampas del siglo II antes de Cristo. De allí pasó probablemente a Persia y fue llevado a Inglaterra por un viajero, Sir Hongway, al que le costó imponerlo en su país a pesar del clima. En 1622, en París, aparece por primera vez una mención del paraguas.
Me digo a mí mismo que no debo dejarme impresionar por los recientes predicamentos sobre el calentamiento del planeta. Los que han leído la Biblia parecen decirme, tranquilo, nano, lo sabemos de buena fuente: después de la sequía, vendrá el diluvio. Parecerá una idiotez, y seguramente lo es, pero después de “averiguar” que un tumor maligno es más probable que un tsunami y que dentro de miles o millones de años, el planeta Tierra ya no existirá, me he visto impregnado de un plácido relativismo, parecido al de cuando entraba en “la residencia” para ver a mi tía nonagenaria y, después de contemplar una vez más el panorama de zombies, crecía todavía más mi esperanza en que el azar me favoreciera con una muerte, súbita o no, que me librara de ese universo paralelo, tránsito cruel al más allá.
El Conde de Lautréamont (Isidore Ducasse) y Max Ernst glorificaron el paraguas. El primero lo utilizó para su inigualable descripción de la imagen poética, ese salto mortal sobre el “precipicio” de la metáfora, que tanto veneraron los surrealistas. Decía Lautréamont (Les Chants de Maldoror): "Bello como el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección".
Max Ernst “fotografió” tan extraño “bodegón” y la instantánea pasó a la posteridad.
Y digo yo, después de todo: un utensilio portátil relativamente práctico para resguardarse de la lluvia, aunque incómodo para su transporte, a no ser que te conviertas por arte de encantamiento en Oscar Wilde, David Niven o Los vengadores (con Honor Blackman y Emma Peel en sus papeles estelares). Fácil de descuidar allí donde te encuentres y fuera haya dejado de llover; cines y taxis se llevan la palma en esto. O sea, fácilmente olvidable en cuanto deja de cumplir su función primordial, presa todavía más fácil de la era pretecnológica, tal como la entendemos (vivimos) ahora, el paraguas está compuesto de un bastón central y de un varillaje irradiante cubierto de tela que puede a la vez extenderse o plegarse. No confundir con paraguay, papagayo del Paraguay.
Resulta que existen paraguas normales y plegables; de señora, caballero y niño; de colores neutros o de fantasía; lisos y estampados; de nylon, de algodón y de fibra; de seis, ocho y hasta diez varillas; de puños de madera, de plástico, de metacrilato y hasta de nácar. Modelos convencionales, figurativos y de Pop Art. Por cierto, me encantan esas mujeres que los llevan en bandolera, como si fuera una guitarra o un bebé.
Resulta también que “la imagen” no está allí sino aquí. Emergiendo de la boca del metro, mis labios no hablan pero vuelan. Cuando lo hacen - decir ciertas cosas - son conscientes de que su acto se asemeja al suicidio de una mariposa contra las aspas de un ventilador. Encantamiento de mis ojos ante la caricia del vuelo de un aeroplano modelo gran guerre.
Me paseo perdido entre escaparates repletos de paraguas plegables (vencedores por minimalistas y “prácticos”) y cafeteras Magefesa. De lámparas de pie, casas de muñecas y trenes eléctricos. De payasos de porcelana y sirenas de alabastro. De pamelas y tocados, y ceniceros de cristal conteniendo playas y bañistas solitarios.
El primer signo de tristeza es cuando los objetos empiezan a parecerte extraños. Los reconoces, sabes cómo se llama cada uno de ellos pero cuando tiendes la mano ellos se desplazan. Es como si el espacio que ocupas usurpara otro espacio, no sabes cuál y, por supuesto, cuál es el verdadero si es que sirve de algo hablar en estos términos. Esa mañana tuve que correr para coger el metro a tiempo. Me salió un respingo de desaprobación cuando casi tuve que empujar a varias personas para que la puerta no me diera en las narices. Eran imaginaciones mías. Atravesé sus cuerpos como en las películas de serie B que, ahora, ni siquiera se llaman así.
A pesar de todo, y ya en la calle, seguí tarareando perseverante Maggie day, de Rod Stewart bajo la carpa de mi paraguas. Noté como mis zapatos se iban calando y la hermosa impureza de sus cabellos mojados – los de la mujer que moría quemada en mis sueños - se iba mezclando, poco a poco, con el inmensidad de mis presentimientos.
Fotografías:
Marcelo Aurelio
© Marcelo Aurelio: “Mr. Evermore – FGC –
- Retrato en "Vertumnus" (Verano) del emperador Rodolfo II realizado por Giuseppe Arcimboldo. Todos los frutos y flores representados en el cuadro eran propios de la estación del verano en el siglo XVI. Algunos surrealistas vieron en él a un precursor.
- Lautréamont: Les Chants de Maldoror. Carátula a la edición de 1890 por Léon Genonceaux
- Paraguas: http://es.fotolia.com/tag/paraguas

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