«Je est un autre» o el chaleco salvavidas
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Lunes, 21 Marzo 2011 11:24
- Escrito por cronopio
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No es novedad, a estas alturas, que la ecuación espacio-tiempo ha pasado de moda, o lo que es lo mismo, que ya no interesa a casi nadie. Ahora el personal apuesta por los enigmas de las teleseries, cosas como Lost. Prefiere imaginar que el pasado pueda ser futuro con sólo encontrar el agujero adecuado para doblar la hoja de papel y pasar –lo más desapercibido posible- al otro lado del tiempo y poder apropiarse, consecuentemente y con propiedad, de la inescrutable frase de Rimbaud: «Je est un autre», traspasado así las fronteras del “pensamiento” para enseñorear ese mágico estado de espectador pasivo y feliz que sólo consigue un eficaz aparato (cuando más grande mejor) llamado televisión.Tampoco lo es que pensar en el tiempo, en su ambigüedad manifiesta, deba llevarle a uno simple y directamente a la música de jazz, al saxo alto de Benny Carter o la pletórica voz de Ella Fitgerald imitando el bing bang del contrabajo. Ya sé que planteada así esta reflexión resulta un tanto forzada, sino impuesta por el que escribe, y que corre el riesgo de por pretenciosa pasarse al lugar común, al tópico en definitiva. Quiero decir que después de tres páginas, y con suerte, se acepta una parrafada como ésta, pero así, de entrada, a la brava y sin avisar, dan ganas de marcharse a otra parte.

Eso, al menos es lo que me ocurre a veces, porque si me asomo por la ventana no sólo me veo a mí mismo (y sé que esto ya puede ser irritante para el lector) sino a mis sueños, para comprobar, consternado, que en ellos no existen ni el tiempo ni la música. Que yo sepa al único que le importaba el color de los sueños era a Cabrera Infante. En ocasiones como ésta sólo me queda cambiar de registro y poner “Les Copains d’Abord” de monsieur Brassens. Una canción muy divertida, por cierto.
A un tipo tan clarividente como versátil como Boris Vian no podían escapársele tantos interrogantes. Por eso mismo anunció lo que ahora nos parece evidente, casi de Perogrullo: “El tiempo es un engaño, señor mío. El tiempo real no es mecánico, no está dividido en horas iguales..., el tiempo de verdad es subjetivo..., se lleva dentro”. Y así, cada rara vez que consigo evitar el crochet de izquierda-derecha, seguido de un gancho de derecha demoledor en pleno rostro, que es lo habitual, cada rara vez, digo, que consigo evitar ser noqueado por el pasado y quedarme con el ansiado hic et nunc ("aquí y ahora”), rebusco en los cajones de mi “escritorio” y encuentro, ¡cómo no!, sueños agradables, relojes que no acierto a saber si son de arena o de sol, y, por supuesto, bellos camafeos que parecen animalillos antediluvianos fosilizados. Y fotos viejas que parecen chalecos salvavidas, y cartas de color pajizo que hablan de amor. Y si les presto mayor atención que la acostumbrada – a las cartas - , es decir, si las miro desde el presente y sin melancolía, descubro que hablan más del amor en abstracto que de la supuesta persona amada. Y entonces advierto, no sin un cierto pesar, que “el placer del pensamiento abstracto es lo mismo que todos los placeres: reino de juventud”, como dijera el nunca olvidado Gil de Biedma. Y esto me conduce inevitablemente al desahucio de la “madurez”, abrumado por sus mutilaciones y desencantos, y, acto seguido caigo en el pozo desde donde no me queda otra salida que aceptar la posibilidad de que quizá tenía razón el poeta de Praga, Rainer Maria Rilke, cuando dijo aquello de que “Ser amado es pasar y, en cambio, amar es permanecer con luz inextinguible porque, en definitiva, lo único que uno ama es ser.” Será por eso, por mi habilidad en evitar los golpes, que todavía me mantengo fresco por las mañanas, y también porque permanezco desconectado de la realidad pura y dura gracias a un complicado mecanismo de defensa, porque atacar, lo que se dice atacar, eso lo dejo para los que aspiran a llegar a los noventa años, los mismos que comentan en el tanatorio: “ya me gustaría llegar a sus años en su estado”, se entiende a su estado antes de palmarla… Pero eso no es suficiente, nada es suficiente, en realidad, para combatir el triunfo de la inmoderación, la victoria del “yo” todo menos que pluscuamperfecto, de la memoria carcomida por el rencor y el dolor frente al imposible valor para enfrentarme a mi propia decadencia con un mínimo de dignidad. ¡Acabáramos!
O sea, no puedo asegurar, ahora mismo, que sea capaz de alargar esta existencia sin nicotina ni alcohol, sin sexo ni rock and roll, poniendo cara de pomes agres, mientras mis colegas y sucedáneos se vayan muriendo. Y mucho menos que me queden arrestos para convertirme en un activista del jubileo, ariete de la salud y la auto ayuda, ni mucho menos en un encantador de serpientes, es decir, en un practicante del arte de la unión mística entre la paz interior y el deterioro exterior, ni siquiera en un experto en mejorar mis aptitudes de artista del music hall en materia de condolencias e itinerarios a los diversos tanatorios de la ciudad. En definitiva, no me veo compitiendo con tanto “pecador” convertidos todos ellos en “benditos sanadores”, chamanes o filósofos en materia de cuidados intensivos, diabetes, carcinomas, hipertensión, lesiones cardiovasculares y demás migraciones del diseño original. ¿A qué viene tanta resistencia? ¿Creerán de verdad en la gran estupidez de que la mejor edad es en la que uno se encuentra? ¿Tan mal estamos? ¿Tan ciegos que no vemos el futuro espectro de los zombis planear sobre un mundo de viejos carcamales?








