De qué hablo cuando hablo de correr
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Lunes, 14 Febrero 2011 16:42
- Escrito por cronopio
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Veo envejecer al tipo del espejo y, sin embargo, los de mi quinta resulta que todavía andan por ahí, repletas sus agendas, o con críos adoptados o en custodia compartida, preocupados por si se les cae el pelo, por cómo van a vivir hasta los 80 años, por lo menos, con su modesta paga de jubilación. Si quitamos de la lista a los que tienen el ·”colchón de la buena familia” (entiéndase por solvencia financiera) y, por supuesto, a los funcionarios, qué mal o bien ya han calculado que no les pillara el lobo, lo que queda es penoso.
Venga un toque de coquetería para los incautos que todavía buscan pareja estable, un curso de sevillanas para los más imaginativos, una incursión permanente en las redes sociales (¡JUA!, ¡JUA!) para los menos imaginativos, un cursillo de inglés para los optimistas que han planificado su jubileo en un fantástico periplo de viajes y cruceros. Esperen, esperen… que todo no es tan prosaico como parece. Tenemos, también, a los que practican el método Sorkin: “Las palabras cuando se recitan en alto son música”, dice el presidente Bartlet a su esposa en el episodio Crímenes de guerra de la tercera temporada de El ala oeste de la Casa Blanca. Aunque yo prefiero a los más duros: los que callan y escuchan esperando su oportunidad. Sólo hablan para decir que no toman pastillas para el colesterol porque de hacerlo… ¡Ya no podrán dejar de hacerlo durante toda su vida! ¡Pero que pretenden estos insensatos! ¿Darnos la tabarra hasta los noventa? Ni hablar.
Algún que otro famélico, que no tiene valor para cortarse las venas, se pone a correr. Ahí quería llegar yo. Mi estilista (no le gusta que le llame barbero y a duras penas acepta la denominación de peluquero) me cuenta mientras hace su trabajo, y yo, vueltas a encontrarme con un tipo raro en el espejo, que está leyendo “Correr” de Jean Echenoz, un libro que se lee fácil y ameno. ¿Qué más se puede pedir? Nada, responde él. Y pienso en ese otro libro, que no pienso leer jamás, del abusivo Haruki Murakami, el Pérez Reverte del Japón: “¿De qué hablo cuando hablo de correr?”. ¡Vaya manía! Mientras el mundo anda con la Tercera Guerra Mundial, los señoritos sólo hacen que correr y correr. Y, así, cuando te das de frente con uno de ellos en la calle, a las tantas de la noche, te da un vuelco el corazón.Olvidan, por supuesto, lo que dijo Cary Grant, el actor preferido por los directores de su época: "Decirle a alguien ¡Qué joven estás! es también una manera de decirle ¡Qué viejo eres!
Parecen, todos ellos, personajes sin pasado. Individuos que han abrazado el presente con un fervor innecesario y, acaso, falaz. Individuos que más bien parecen personajes de un cómic, personajes de cartón piedra que no celebran nunca su cumpleaños porque les da cosa (yuyu) hacerse mayores. La supuesta madurez se convierte, así en una estupidez que me deja sin aliento. Y más asombro comprobar que, como en los sesenta, lo importante para nuestros pre-viejos de ahora es divertirse y vivir intensamente el momento. ¡“El instante”! Dicen ellos. El carpe diem de su juventud revive así, patético, como una broma macabra, en una especie de pandemia generalizada y contagiosa. A veces pienso que acaso haya cruzado –paseando, como me recomienda mi cirujano: sin darme cuenta por alguno de los agujeros que dan a uno de nuestros universos paralelos, donde sigo escuchando como si nada a Jamiroquai por las mañanas y a Ute Lemper por la tarde. Donde los recuerdos son al menos tan reales como los de aquí, pero, en cambio, duelen menos. En esa otra dimensión gemela, si ese es el caso, que tampoco puedo asegurar que lo sea, sigue existiendo, sin embargo, una fauna tan similar a la nuestra que se me erizan los pelos al comprobarlo.

Ellos que, de jóvenes, no atendían siquiera a la súplica del instante, cuando, desde las páginas amarillentas de "Fausto”, del maestro Goethe, les demandan "¡Oh, detente, eres tan bello!








