¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Si usted se encuentra con cierta frecuencia que ya está bien de cena y que tiene ganas de que Sergio y María, sus amigos de toda la vida, se vayan porque lo que desea ahora es echarse sobre el sofá y ver un poco de televisión en paz. Si es usted de los que cuando se les acaba la cuerda encienden la televisión y "desconectan".
Si no encuentra el momento de ir a alguna parte.
Si de vez en cuando le entran unas ganas irresistibles de decirle a su compañero de taller o de oficina, a su conjugue, amante, compañero sentimental o amigo del alma: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Si piensa que los sueños son eso de lo que uno se despierta.
Si es usted uno de esos especímenes que necesitan reinventar su pasado para aceptarlo y, más importante todavía, para mantener una imagen medianamente digna de usted mismo.
Si está convencido de que nadie es perfecto, que nacimos y moriremos imperfectos, que ángeles sólo hay en el cielo, que las cosas suceden, que las cosas cambian. Sí, que a veces suceden cosas y que la realidad a veces le sale al paso y le saca tarjeta roja a las buenas intenciones. Las buenas intenciones, ya saben, directos al pozo, y ojos que no ven, corazón que no siente.

Si no es usted un legado de Peter Pan y se pregunta demasiado a menudo si los jóvenes de ahora acaso hablarán tanto como antes: si es que usted ha cambiado al envejecer, o si los tiempos también han cambiado. Si sospecha que, al fin de cuentas, todo puede ir mucho peor...
Y si, con demasiada reincidencia para su gusto (porque es suficiente inteligente como para no entusiasmarse ni siquiera con sus propias manías u obsesiones) le da mal rollo (yuyu) ir a reunirse con los amigos, familiares y amigos, por no hablar de la inevitable fiesta de cumpleaños, una de esas bullas de las que no hay forma de escapar (a riesgo de quedar como un tipo raro, rarísimo), en el que todo el mundo es bueno y feliz y todo está bien. Y acaban mirándote con conmiseración si arguyes que estás cansado y que mañana has de madrugar y sugieres que te vas, que ya está bien, que se acabó.
Y si se ha enamorado tantas veces que no recuerda cuántas, y de personas muy diversas, y a pesar de eso ninguna ha merecido realmente la pena.
Y si suele ocurrir que usted no tiene más remedio que mentir cuando le dice a su pareja: “¿Por qué necesitamos a más gente? Nos tenemos el uno al otro.” Y, ya que hablamos de su consorte, si últimamente le asalta con cierta frecuencia la sensación de que no sabe lo que su conjugue está pensando.
Y si, y perdone que ahonde en la herida, y para ser sinceros -llamemos a las cosas por su nombre, por favor-, no les ve más futuro a muchas de sus relaciones que la de sentarse en su bonito salón comedor, o en el restaurante de turno, dos veces al año, para charlar un poco mientras comen o cenan y toman café. Y comprueba que justo esas dos veces pasan un rato agradable, y verdaderamente no le hace falta nada más. Simplemente no se le ocurre imaginar otra cosa, más cosas, ya está bien así, por favor.
Si usted es de esas personas incautas e infelices que, en una reunión social, espera no ser engullida por la vorágine del protagonismo ajeno. Si, aunque sea por mera cortesía, y si esto no bastara (¡Por decencia por favor!), espera en vano oír su nombre en los labios de los contertulios. Si espera, aunque sea por mera cortesía, o por decencia, que se dignen siquiera a mirarle y, si me apuran, a preguntarle (Sí, a "usted precisamente") si estudia o trabaja, cómo le va la vida, etcétera... Si hay días que cuando llega a casa cierra los ojos y se apoya en la pila de la cocina. Y luego barre el escurridero con el brazo y manda todos los platos al suelo.
Si usted no es creyente y, además, no cree en nada. Si le sigue sorprendiendo que cuando va a emprender un viaje, aparte de su jefe o su compañero de mesa, su portero o algún que otro familiar directo no tenga a nadie a quien sea preciso advertir de su marcha.
Si por un casual le queda alguna migaja de espíritu crítico y cuando ve a su hijo haciendo el burro le dice a su madre: está bien, no te preocupes. Los dos sabemos que ahora mismo no ganaría ningún concurso de belleza. No es ningún Brad Pitt. Pero dale tiempo. Con un poco de suerte, ya sabes, crecerá y se parecerá a su padre. Y a duras penas mantiene el tipo cuando ella pone cara de tierna hiena madre.
Si cuando usted regresa a casa después de una velada para olvidar y se encuentra con el sofá, y exclama: ¡El puñetero sofá! Y le dan ganas de no volver a sentarse en él, ni puede imaginarse por más que lo intente que en el pasado se haya tumbado allí para hacer el amor.
Si ha descubierto, por fin, que el tiempo no es un caballero, como dijo un sabio inculto e insulso. O alguna mujer vieja y cansada, quién sabe. Ni siquiera un gato.
Si ha llegado a la conclusión de que no es una persona egoísta, sino simplemente un maldito egocéntrico, que es algo muy diferente: sencillamente, que no puede evitar la necesidad de ser el centro del mundo. Y eso le corroe por dentro.
Si usted es de los que al tirar de la toalla o del rollo de papel higiénico para secarse, acerca su cara al espejo, moteado de manchas de dentífrico o de jabón de afeitar, y se mira a los ojos y piensa: simplemente una cara, nada extraordinario.
Si al levantarse, por la mañana, lo primero que se le ocurre es: “No sé lo que le pasará a otra gente, pero yo, cuando me agacho para ponerme los zapatos por la mañana, pienso: “Ah Dios mío. ¿Y ahora qué?
Y si no le ocurren todas esas cosas, ni siquiera una parte significativa de ellas, al contrario, sólo algunas, pocas quizás, o ninguna, vete a saber, felicítese, es usted mejor persona de lo que se imaginaba. Y por eso mismo debe persistir en su buena conducta. Sí señor. Sigue usted mereciéndose una buena lectura, porque aquí no somos sectarios ni mucho menos. Lo justo, diría yo. Simplemente le ofrezco un escritor. Nada extraordinario, Raymond Carver, por ejemplo.
Fotografía: Edward Hooper, Nighthawks, 1942
Ilustraciones. Fuente:
Robert Crumb
Archivo de cómics
American Splendor

lEspañaBiografía de Robert Crumb

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¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
Raymond Carver (1976)
Editorial: Anagrama, 2008
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