Llegado del otro lado del telón de acero
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- Categoría: Crónicas
- Publicado en Domingo, 19 Diciembre 2010 09:23
- Escrito por cronopio
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Hace poco más de 4 años, 1 mes y 1 día murió Ferenc Puskas, ese jugador gordito llegado del otro lado del telón de acero, expresión afortunada, para qué vamos a negarlo, de ese personaje tan singular que fue Winston Churchill, uno de los acérrimos defensores de mantener la dictadura franquista contra la amenaza comunista, quizás por eso lo queremos tanto.
Ferenc Puskas (su verdadero apellido era Purczfeld, de origen alemán), nacido en el Budapest de la guerra fría un 2 de abril de 1927, poseía un toque de balón digno de un malabarista, aunque la fama se la llevara su zurda de oro. Además, su apellido (escopeta en húngaro) fue premonitorio y hacía total honor a sus cualidades. Apodado sucesivamente como “El galopante”, “Pancho” y “Cañoncito Pum”, es el único jugador que ha marcado cuatro goles en una final de la Copa de Europa y una de las víctimas del desastre del Wankdorf Stadion de Berna, en la final del Mundial de Suiza de 1954, en la que una de las selecciones más brillantes que ha conocido la historia – la húngara- perdió sorprendente (y amargamente para los seguidores del fútbol entendido como un arte) ante una Alemania cicatera que, como casi siempre, sorprendió al respetable con una de sus sutilezas del estilo aguafiestas: inventó la defensa a ultranza más el contraataque letal.

Pero entonces yo sólo tenía tres años. Por cierto… ¿Quién diablos dijo que nuestra patria fue la infancia? Seguro que a algún tipejo que le fue de maravilla, o de puta miseria de adulto. Y, mejor no hablemos de la vejez… Pero sí, hablemos, hablemos: no hablan en vano de las penurias de la vejez, porque la vejez, en la mayoría de los casos es una minusvalía, un proceso de jibarización inaceptable del ser humano. Pero no nos detengamos, sigamos enumerando maldades…
Ya en la infausta adolescencia, lo confieso, mi mayor afán era que el Real Madrid no ganara la dichosa Copa de Europa. Tenía cinco dedos en cada mano, cinco dedos en cada pie y, también, cinco demonios en el estómago: Canario, Del Sol, Di Stéfano, Puskas y Gento. La primera gran alegría que recuerdo –aparte, claro está, de la llegada de sus Majestades cada seis de enero- llevó su tiempo, aunque finalmente llegó, definitivamente alcancé ese átomo de felicidad. Todavía no teníamos televisión en casa, así que fue en ese bar que ahora se llama Páramo, donde presencié la caída de la “Enseña Nacional”, estandarte de la vergüenza autárquica de “nuestro” franquismo en la Europa “civilizada”: cinco a uno le colocó el Sport Lisboa e Benfica, conocido simplemente como Benfica de Lisboa al Real Madrid. Entiéndase: hablo nada menos que del Benfica de los Costa Pereira, Simoes, Coluna, Torres y Eusebio. Puskas fue precisamente el que hizo el gol del honor del Real Madrid, aunque nada honroso hubiera en aquel partido, y menos todavía la alegría de los escarnecidos y resentidos seguidores del Barça, de la que yo formaba parte activa, entusiasta y feroz, y cuya única (suprema) felicidad era la derrota del eterno enemigo.

Sí. Aquello ya se iba pareciendo un poco más a la felicidad, aunque si he de ser sincero, yo más bien desconocía en que términos o situaciones se movía exactamente el concepto de felicidad. Por no saber, ni siquiera sabía que los Beatles ya tocaban “Please please me” y que sus Majestades “Satánicas”, los de verdad, eran los Rolling Stones.

The Rolling Stones: Their Satanic Majesties Request








