Dispararon contra la noche

Dos individuos entraron en Puerto Hurraco, armados hasta los dientes. Fríos como el hielo, traían a cuestas su piel tiznada por el sol y el alma oscurecida por el odio. Y las entrañas llenas de arrugas de tantas puñaladas que da la vida. Y los vecinos, no digamos.
Los vecinos, el hijo de puta del ciclista que te echa una mirada asesina porque le has “invadido su” carril. El colega del que luego se te echa encima en plena acera y te da un susto de muerte con su fresco y altivo gesto de purificador ambiental.
El mensajero del miedo, el doctor manejando placas e informes que, en el mejor de los casos, piadosamente dilata su disertación pseudocientífica (para que se le entienda) estudiada para legos y pacientes despistados, introduciendo hábilmente palabras amenazadoras y premonitorias y retardando en lo posible el momento en que te des cuenta de que lo que quiere decirte es que ayer era ayer y hoy es hoy, que ayer eras uno más y hoy eres candidato a uno menos. Un tumor cabrón, un cáncer agresivo. De pronto sientes que tu cuerpo te ha traicionado, que la famosa sabiduría de tu organismo –dicen- que te avisa mediante el dolor de una “enfermedad común”, esta vez ha callado mientras trabajaba para joderte bien jodido. Que la sintomatología, al fin y al cabo, es otra mierda. Miras la mesa y compruebas el ordenado y pulcro despliegue de carpetas hasta donde permite sus ochenta centímetros de anchura.
Los vecinos, la hija de puta que sabe que vienes tras ella en el Parking del edificio donde trabajamos juntos, y no se molesta en esperarte, tan fácil que es detener el ascensor unos segundos, no por malicia o encono hacia tu persona, que ese sería un motivo totalmente justificable, sino por pura desidia, indiferencia, estulticia o simplemente la prisa por fichar y no perder un dichoso minuto en su cómputo horario semanal. El sátrapa del Monsieur le Directeur que se cruza contigo en la Escalera Central del edificio y no se digna saludarte, ejerciendo hasta en lo fácil todo el peso de su poder, acrecentado, eso sí, por la miserable sumisión general de la que es objeto. Tanta literatura inútil sobre el bien y el mal, cuando el ser humano es lo que es, territorial y depredador por naturaleza. Basta pues de buscar culpables. La declaración universal de que el poder corrompe no deja de ser una banalidad. Simplemente, si le sueltas el collar, se suelta con la guerra de los treinta años: llegó un momento en que nadie sabía por qué diablos guerreaba. Sabían, eso sí, que todo vecino era un enemigo en potencia.
Los individuos iban provistos de sendas Franchine del calibre 12, escopetas repetidoras cargadas con postas. Los dos vengadores cayeron sobre Puerto Hurraco como salidos de esa leyenda de la España Negra que nos legaron la Santa Inquisición, el Renacimiento que no fue, los Austrias, linaje siniestro donde los haya, especialmente Carlos I de España y V de Alemania y su hijo Felipe II, maldito guerrero el primero y majadero beato el segundo, que nos hundieron en la miseria para siempre completando la GRAN CHAPUZA de Isabel y Fernando, y cuyos descendientes, todavía hoy, quinientos años después, si les dejaran hacer, quemarían en la hoguera a todo puto rojo marica masón con esa ansia imperecedera de limpiar su maldito patio de armas del cáncer de la libertad. Lógica consecuencia de tal dislate, la saga de subnormales que significó la dinastía de los Habsburgo que siguió, a la que se sumaron los no menos esperpénticos y deficientes Borbones. Luego todo fue más fácil: los caciques, los dictadores cuarteleros, la Falange y de las JONS, la miseria y la madre que los parió a todos. Lo cierto es que Hispania nunca fue ni ha sido democrática; ni siquiera un millón de muertos ha conseguido ablandar su espíritu de hidalgos rastreros en busca de oro fácil. Siguen siendo más fachas que el que más y ahí están, impacientes por recuperar su territorio de caza, ensalzar la raza, montar su caballo ganador, cabalgar bandera en ristre y liquidar a los insurrectos. O sea, a los otros. Dios nos pille confesados.
Esos individuos, de los que todavía llevamos su ADN tatuado en las entrañas, dispararon hasta saciarse, como si lo hicieran contra la noche y no contra los habitantes de Puerto Hurraco. Envolvieron la calle de un humo grisáceo que, sólo al disiparse, dejó que fueran tomando forma los cuerpos tendidos en el suelo. Entre ellos, el de Antonio, de 14 años, y el de Encarnación, de 12. Vaciaron 70 cartuchos en total. A Diego Rodríguez de Silva y Velázquez le hubiera dado un vahído, pero en cambio, Francisco de Goya se hubiera puesto las botas. De hecho, lo hizo, cuando le tocó turno.

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