Atrapado en el tiempo

Me levanto cada día, este podría ser el problema, aunque no garantizo que lo sea: cada día un dolor nuevo o el mismo que el de ayer, la colección de pastillas por la mañana y la vejez, a la que ya le veo la poesía y no me gusta nada, pero nada de nada. Me levanto, pues, cada día a la misma hora del día, festivos incluidos. Parezco un reloj. De hecho, como si de un proceso de ósmosis se tratara, no puedo vivir sin los relojes. Pongo la alarma cada media hora y así me imagino que, dividiéndolo (sujetándolo) controlo el caos del tiempo y no al revés. Por el mismo precio, fui y me lo creí. Soy un perfecto idiota, vaya por delante.

Pesadillas las de siempre, por supuesto. No tengo escapatoria: imposible volver a la cama, me duelen los huesos, las articulaciones y hasta los botones del la chaqueta del pijama y sé que poniendo en marcha el esqueleto amainará el dolor. Mi madre, con su habitual don de gentes asegura que siempre he sido un quejica. ¡Maravilloso! Me afeito y ducho cada día, a la misma hora. No es que sea pulcro o que me importe que me huelan los sobacos. Si no lo hago, cuando salgo a la calle, me confunden con una especie de Charles Bukowsky o, en el mejor de los casos, con un banlieuve sin techo.

Compro el periódico en la papelería. ¡Vaya pareja los de la papelería! Ni Robert Crumb lo hubiera mejorado, dos personajes de opereta, él desde años sin hablarse con el peluquero, despeinado hasta la barbilla y con un vozarrón de carajillo de ron; ella, talla súper grande, de espaldas a la clientela, entreteniéndose con algunos de los juegos del comecocos en el portátil; lanzándose puyas el uno al otro, por un quítame allá ese cambio erróneo. ¡Maravilloso! Hago el mismo trayecto cada día. De parking a parking, entre once y doce minutos si algún capullo no me impide pillar los semáforos en ámbar justo a tiempo. Tiempo me da, además, para recordar aquel comentario de Ana, un tanto desafortunado, me debes una mi amor, pienso mientras realizo un hábil cambio de carril y salvo un listillo con su moto haciendo carreras.

Los “Buenos días” al llegar a la oficina se repiten un día y otro también, como la letanía de un moribundo al que también han condenado - como a mí- al mismo paisaje casposo de mesas, ordenadores e individuos con cara de funcionarios aburridos disfrutando del horario de verano.

- ¿Lo de siempre? – Pregunta retórica pero encantadora de la camarera del bar. Cuando respondo que sí tengo de nuevo la impresión de que estoy atrapado en el tiempo, de que ayer es hoy y hoy mañana, de que el bocata de jamón está tan rico que parece el mismo de siempre. Y cuando voy a fichar para salir de la oficina y me encuentro con el típico cronometrador que espera paciente a que “caiga” el minuto para no “perderlo” en su cómputo semanal, sigue sorprendiéndome la capacidad humana para adaptarse al medio, por abrupto que éste sea.

Lo intenté. Como Bill Murray, el hombre del tiempo (!), en la película homónima, cuando acudió a Punxstawnwey a informar sobre el día de la marmota… Más o menos como Bill, me tiré de un quinto piso, me lancé bajo las ruedas de un autobús, me metí en la bañera con el tostador, cogí el coche y me lancé por un precipicio de las costas de Garraf. Todo inútil, así como Bill Murray se encontraba cada mañana con Punxstawnwey preparando la fiesta de la marmota, yo me encuentro con la pareja de Richard Crumb que repiten el ritual del mismo día: él le da el euro cincuenta a su mujer (de espaldas jugando a los comecocos, ¿recuerdan?) y le dice, dame 30 céntimos; entonces ella alarga su mano sin volverse y las monedas acababan en el suelo, mientras el despeinado farfulla una grosería ininteligible y yo atrapo el periódico de la pila… con la misma portada del día anterior y el mismo titular destacado: “Rajoy acosa a Zapatero”. La pesadilla vuelve a comenzar.

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