Iluminada Luna

En el meridiano de las tardes de julio, el sol lamía las casas baratas, con sus paredes desconchadas y sus largos pasillos exteriores. Nadie hablaba de vacaciones porque, sencillamente, las vacaciones no existían, como no existía la “semana inglesa”, ni y el UHF, llamado luego por bastantes padres (con sus rostros manchados por la humillación del silencio) el canal “para los raros”.
Apelmazado silencio de mosquiteras y persianas bajadas, y apenas la sordina de los tranvías haciendo sonar su ¡CLANC, CLANC! característico. Tardes de mujeres junto a la radio zurciendo rodilleras destrozadas por el cruento estrépito de los combates de sus retoños ejerciendo de guerreros callejeros sin antifaz y con espadas de mentira. Eran esas tardes de verano que se dispersaban por el pensamiento como el aceite sobre el agua, flotando en su superficie, diluyéndose sólo en sus extremos y formando puntitos en el centro...
Llamaban al teléfono.

Recuerdo las tardes en casa, sobre todos aquellas en las que permanecíamos obligados por la fuerza de la lluvia. Porque en aquellos años cincuenta llovía mucho más que ahora. Por llover hasta llovían tristezas. Quizás ese era el motivo de que mi madre escuchara la radio en silencio y mi padre estuviera siempre ausente, trabajando. Ella cosía coderas destinadas a proteger del desgaste las chaquetas y jerséis para que durasen, por lo menos. Hasta las pagas del dieciocho de julio y de Navidad, según el caso. Y también, fundas para los sillines de las bicicletas, por lo mismo de lo mismo. Él llegaba tarde de la imprenta, la mayoría de las veces. Llamaba por teléfono.

La llamaba por teléfono para decirle:
- Me voy a quedar hasta las tantas para acabar un trabajo urgente.
Y así, sin quejarnos, sin protestar, como contagiados con el conformismo general de un mundo dominado por la asfixia que se relamía las heridas de un pasado reciente, dejábamos que la tarde se alargase todavía un poco más. Y era entonces cuando esa afable, cálida, y por qué no decirlo, benévola voz hablaba por cuenta de la señora Francis.
Maruja Fernández, la locutora que prestaba su voz a la señora Francis empezaba siempre con la misma frase todas sus respuestas a las cartas de las sufridas oyentes: Querida amiga... Esas dos palabras, anchas, amigables y persuasivas, abrigaban los corazones de las amas de casa que esperaban, mientras realizaban sus tareas, la delgada y opaca llegada del crepúsculo. Mi madre, es cierto, cuando irrumpía el programa de la señora Francis -con su inigualable melodía-, seguía planchando, pero lo hacía un poco más lentamente, porque en esos momentos ya empezaba a reencarnarse en “Olvidada”, o en “Flor marchita”, en “Desesperada” o en “Iluminada Luna”.
Llamaban al timbre.
Era el cartero. Yo pegaba un bote de la silla junto a la mesa donde releía una y otra vez las aventuras de “El Capitán Trueno”, y salía volando, cruzando el pasillo exterior hasta la verja de la entrada. Ahí estaba el cartero, con su gorra de plato, su impresionante (por lo grande) cartera y una carta en la mano. Le daba los diez céntimos y regresaba diligente a entregarle la carta a mi madre, tan alegre y excitado como si hubiera encontrado un mensaje dentro de una botella. Y me la encontraba con la plancha en la mano, llorando. Lagrimones de cocodrilo, porque en aquel momento se había convertido nada menos que en “Rosa marchita”.

La Rosa. Pintura de Carolina Alfaro Hardisson.
Técnica mixta sobre papel
Consultorio de Elena Francis; En 1947 comienza a emitirse en Radio Barcelona “El consultorio de Elena Francis”, un programa dirigido especialmente a las mujeres y que atendía sus preguntas y dudas relacionadas con cualquier tema, aunque preferentemente el sentimental.
Más información en:
http://toies.wordpress.com/2009/03/10/taller-amb-les-cartes-del-consultorio-de-la-elena-francis/

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