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Categoría: Crónicas
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Publicado en Domingo, 15 Agosto 2010 15:34
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Escrito por cronopio
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Mis padres fueron de luna de miel al Monasterio de Montserrat, con transporte público y bocadillos para no gastar en restaurantes. Hacía sólo unos meses que el Führer se había suicidado en su búnker, vigente aún el racionamiento en este pobre país tristemente llamado “Piel de Toro”, donde los muchachos de la Falange Española de las J.O.N.S. no paraban de dar cornadas hasta acabar la faena; una España en la que el griterío de los vencedores era todavía ensordecedor y el miedo de los derrotados sobrepasaba con creces su humillación y penuria. Mientras el pan y las patatas llenaban los estómagos de los pobres, Eisenhower era recibido por las calles de Nueva York bajo una lluvia de papelitos de colores, imagen que la magia del Súper 8 ha eternizado.
Hablando de imágenes, mientras paseaba por Park Avenue, no pude evitar el recuerdo de la escena, aunque sería mejor decir, la imagen perpetuada en un póster del que los progres cinéfilos hacían ostentación en alguna de las paredes de su casa: Woody Allen y Diane Keaton, en uno de los fotogramas de “Manhattan”, de espaldas a la cámara, sentados en un banco frente al puente colgado sobre el East River.
Después de contemplar los rascacielos de Nueva York, y, en general, ese gigantismo en que sólo faltaba el “gran” John Wayne –cavilaba yo-, fruto todo, entre otras causas, de las distancias y la soledad que esas distancias producen, me quedé como el que ha pisado otro planeta. Es cierto, no obstante, que en la América, no necesariamente profunda, hay que desplazarse hasta para comprar el periódico y los alimentos se adquieren en grandes cantidades, como si se preparasen para una guerra nuclear. Tantos descubrimientos, mentiría si no lo confesara, me dejaron poco menos que anonadado, empequeñecido… en franca correspondencia – pensé entonces – con el tamaño y dimensiones de los respectivos continentes (y de muchos de sus habitantes). Para un individuo que creció en las modestas calles fronterizas de los barrios de la Sagrada Familia y Las Glorias, todo resultaba enorme y desmesurado. Las imponentes superficies comerciales, las anchas y largas (y numeradas, a falta de una historia que diera suficientes nombres ilustres) avenidas, los grandes edificios repletos de oficinas. Y todo eso lo pensaba mientras fumaba a escondidas en Central Park, en pleno Manhattan, consciente –en el país puritano por excelencia- de que en cualquier momento podía caerme encima una razzia del FBI o de La Brigada Antivicio, mientras contemplaba, incrédulo, esas grandes papeleras, concebidos para el suministro de una familia numerosa o un batallón de marines.
Pues sí, todo el mundo quiere ir a Nueva York, todos aprenden inglés a marchas forzadas. Porque sin revoluciones pendientes, ni la política, ni la sexual, ni na’ de na’, con el curro hasta los mismísimos, sin cine europeo y con la negra perspectiva de una jubilación más o menos honrosa (es decir, más menos que más), pero, sobre todo, sin tertulias como las de antes, como las que narra –por ejemplo- Esther Tusquets en su espléndido y exquisito libro “Confesiones de una vieja dama indigna”:

“Me llama la atención, al recordar aquellos años, lo muchísimo que hablábamos (sobre todo, los hombres), porque las mujeres teníamos que alzar mucho la voz para que nos permitieran meter baza). Las cenas en casa de amigos se prolongaban hasta que el sol entraba por la ventanas (y en ocasiones cerrábamos antes las persianas para no enterarnos); en los restaurantes, aunque fuéramos huéspedes de honor, llegaba un momento en que no les quedaba otro remedio que echarnos, porque tenían que cerrar; nos conocíamos los pocos locales donde, a puerta abierta, o a puerta cerrada, podías permanecer prácticamente la noche entera, y aquellos en los que te servían as horas muy tempranas, el más rico desayuno (si estábamos en Madrid, chocolate con churros). Hablábamos de todo (aunque casi nunca, qué tiempos aquellos, de achaques de la edad o de problemas de dinero). De política, de arte, de amor, de los grandes dilemas de siempre, pero también de cuestiones intrascendentes. Chismorreábamos, criticábamos, decíamos maldades. Me pregunto si los jóvenes de ahora siguen hablando tanto: si hemos cambiado nosotros al envejecer o si también los tiempos han cambiado.”
Sin nada de todo eso, es lógico que la gente se vuelva loca por hablar inglés, por viajar a Nueva York. Las modas son así, inflexibles y repletas de testosterona Light, mucho ruido y pocas nueces que diría el viejo Shakespeare.
A pesar de todo, e impresionado todavía por la experiencia de haber estado (viaje obligado, que quede claro) en una gran ciudad de un país cien veces mayor que el mío, donde los objetos, los automóviles, las personas y el resto en general (también las palabras y los periódicos), parecen estar hechas en Cinemascope y Technicolor, es decir, de regreso –feliz como un niño tonto volviendo a su preciosos y “rústicos” juguetes, después de un paseo agotador por CosmoCaixa-, de regreso, decía, a mi modesto Liliput, “el país donde los hombres, los animales y las plantas eran diminutos”, cuando entré de nuevo en la tienda de frutas y verduras de Luis, y Manoli, su mujer, me dijo que sólo le quedaba una lata de Coca Cola light me quedé pasmado y, sin poderlo evitar, me dio un ataque de ternura.
Después de salir de la tienda cargado con dos cestas repletas de género, y una vez depositada y distribuida la compra en los diversos estantes de la despensa, nevera y congelador, respectivamente, llamé inmediatamente a Xavi y quedamos en el Von Till, nuestro lugar de encuentro habitual. Estaba ansioso por contar y que me contasen, por conversar en definitiva.
- Vista una ciudad, vistas todas – le respondí a Xavi, cuando me preguntó, solícito como siempre, por mi flamante visita a La Gran Manzana, The Big Apple. Y acto seguido empezamos a hablar de cuestiones más interesantes y sugerentes, animados los dos, él con su cerveza y yo con mi Coca Cola, y ambos con una sabrosa ración de patatas bravas.