Se me va la olla (Un milagro en el bolsillo)

Se me va la olla. No puedo evitarlo, cuando estoy en un concierto, disfrutando con Pink Martini, la orquesta de Oregón, pienso en ellla. Escuchar, contemplar y sentir “Amado mió”, ya saben: “Amado mío, love me forever, and let forever begin tonight”… sentado en la primera fila del anfiteatro del Auditori es como ponerle música a mis pensamientos. Y, claro, de ve ma va olla. Cuando voy en el Tram también se me va la olla, esta vez de forma más prosaica, me encuentro encerrado en un igloo, muerto de frío, en Alaska.
Encuentro a Eduardo, mi colega de oficina, en el patio interior del clínico, zona para fumadores. El pobre no hace más que fumar y repetir, “vivirá, debe vivir, si Dios ha dejado que sobreviva eso quiere decir que se salvará”. A mi se me va la olla de aquí para allá: por un lado, una motocicleta estrellándose contra un semáforo a las tantas de la madrugada y lo que queda del conductor, un mozalbete de esos a los que les mola cantidad la velocidad y el ruido: shock traumático con fracturas múltiples y hemorragias hasta en los ojos; y del otro lado, el tal Dios preocupado por el estado de salud del mozalbete. La madre que lo parió, hijo de puta, o del Bing Bang.

En un restaurante libanés, en una de esas “agradables” cenas de verano, una tía de treinta y pocos me explica qué es la antropología – como si yo fuera un niño de ocho años, que diría Denzel Washington en “Philadelphia”-, y de paso, un poco de psicología básica para subnormales. No doy crédito a mis oídos y, cómo no, se me va la olla: recuerdo hace cuarenta años cuando hice la asignatura de “Antropología cultural”, me hice devoto de Claude Lévi-Strauss y sus “Tristes trópicos” y, de paso, me encoñé de la joven profesora, una chica de 23 años, más o menos. Le escribí una carta de amor anónima. Yo tenía 19 años y me enganché también con el profesor de “Antropología filosófica”. Eran tiempos –como diría Esther Tusquets en sus estupendo “Confesiones de una dama indigna”- en los que se hablaba mucho, de cualquier tema, todo parecía interesante, y el tiempo estaba de más-. El tío se enrollaba, pues, que daba gusto escucharlo. Nietzsche, Marx, Darwin y Freud eran los sepultureros del “humanismo” del renacimiento. Por otra parte, Foucault consiguió explicarlo todo sin que se entendiera nada. Cuando leí “Les mots et les choses” me quedé igual que estaba. Se me fue la olla, como suele decirse y acabé escribiendo un infumable ensayo sobre Picasso.
Se me fue la olla hablando y consolando a Eduardo, fumando y pensando en dios. El roto era demasiado grande, eso ya lo sabía yo. Un agujero negro sin billete de vuelta. En el bolsillo de la vida –como en el del pantalón- cabe de todo. También los rotos por donde se escapa, como un tránsfuga, el aire que respiramos: una motocicleta que, tras una pirueta desbocada va y se estrella contra una farola a las tantas de la madrugada. Aunque se me fue nuevamente la olla, porque la víspera había visto a Pink Martini, espléndida orquesta americana, con su increíble cantante China Forbes, aunque el sonso del pianista, Thomas M. Lauderdale, líder de la cosa, acabara enrollándose como una persiana y cometiera el imperdonable error de confundirnos –a un público entregado- con una panda de pueblerinos y acabara haciendo el payaso y complicándonos la vida con una indebida invitación al bailoteo, como si aquello fuera una verbena y no un concierto.
Porque Toni, el hijo de Eduardo aguantó veintiún inútiles días en coma antes de pasar a mejor vida, y, claro, entre tanta espera y tanto fumeteo se me fue la olla cuando alguien me contó lo de los pizzeros. Dicen esas malas lenguas que los cirujanos utilizan los restos de huesos que no sabían donde coño ponerlos para recomponer los puzzles de los cuerpos que les llegan escasos de carrocería, y que a esos trozos del mecano óseo los llaman pizzeros por razones fáciles de entender. Macabro, claro, pero qué más macabro que ensayar hasta cuando puede aguantar un corazón con un pulmón, un bazo o un riñón hechos trizas. Y quién era el valiente que le decía a Eduardo que estaba velando a un pasajero con billete fijo al paraíso, por muy hijo suyo que fuera.
A veces, cuando soy moderadamente feliz y por más que me esfuerzo no atino a saber exactamente el porqué, además de la pereza y ciertos indicios más o menos fiables de que el monstruo hiberna –el homo sapiens, no el que suscribe, que es poco menos que un santo-, los muebles que me rodean desprenden un sugestivo olor en concordancia con el color de su superficie, y de esta manera tan tonta y banal se me va la olla y me dejo cortejar por el rosa pálido de las nubes, meciéndose en el diván del martes, desde donde uno no puede menos que yacer esperando el secreter antiguo en caoba estilo Art Deco años veinte del miércoles. Y es entonces cuando recuerdo que hay días negros pero también los hay de rojos. Entonces pienso en ELLA. Es terriblemente hermoso, y adictivo a la vez, echar de menos algo que nunca has poseído completamente.
Holly temía como nadie a los días rojos. Un día negro es otra cosa: es ese tan común en el que los contratiempos te fastidian. Los días rojos son, sin embargo, esos otros en los que un miedo indefinible te ataca por dentro y te convierte en algo más frágil que un jarrón de porcelana china a punto de caerse y hacerse añicos. Holly cogía entonces un taxi y se iba a Tiffany’s, Allí se sentía segura... “En la placidez de Tiffany’s - decía- sé que nada malo me puede pasar."
Mirarse uno mismo, sin más, resulta a veces un frágil consuelo. A volar no nos enseña nadie. Recordar a la Holly cantando “Moon River” en el alféizar de la ventana de su apartamento me produce una extraña placidez que nada tiene que ver con el celuloide. Cada vez que recuerdo la escena se me va la olla. Y como una vuelta de tuerca más, vuelvo a resistirme, a dejar de aceptar como si tal cosa que mi vida, como los pelos, se cuele una y otra vez, por el agujero del lavabo.
Así que suelo quedarme, entre otras cosas, con este pensamiento: “cada vida es irreductible a nada que no sea ella misma”. Un milagro que llevamos en el bolsillo, junto al pañuelo, los mocos, las monedas sueltas y las llaves de casa.

Información Adicional