Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Esta tarde iré a nadar

En los años cincuenta, cuando en los cines echaban sesión doble y el blanco y negro esperaba pacientemente al cinemascope y technicolor, los espías y agentes secretos surgían del frío. John Le Carré los caracterizó como individuos de rostro pétreo e inescrutable. Más parias que idealistas, los “infiltrados” perecen en su interior porque, de tantas vidas que representan acaban perdiendo su identidad. De ahí los agentes dobles.
El cine los forjó más guapos y seductores de lo que eran en realidad, lo que tampoco era ninguna novedad. Hollywwod estaba para eso, sino, ¿de qué, si no, Gilda? Qué hubiese sido de nosotros si la MGM y compañía no se hubiesen tirado al mundo del cartón piedra. Pienso, claro está, en el gran Michael Caine. También, en su estilo, en Sean Connery. La verdad es que hubo de todo, hasta agentes falsos, como un tal Mister Kaplan.
Espléndido – como casi siempre- Richard Burton encarnó a un espía que surgió del frío, uno de los pocos precursores de los agentes secretos atormentados de hoy en día. Todo eso ocurría mientras Italia sacaba de su raída y pisoteada chistera el neorrealismo otorgando una cierta ternura a tanta ruina y desolación mientras los nuevos jokers se inventaban nuevas fronteras que conquistar, porque el ansia de poder y el miedo al otro, al competidor, es el verdadero motor de la historia. Como siguiendo un guión preestablecido, el segundo Sputnik ruso surcaba el espacio pilotado por una perrita llamada Laika. Para compensar, los avaladores de la libertad optaron por el Plan B: George Catlett Marshall se paseó por Europa distribuyendo pasta y fijando – nunca mejor dicho – las bases del nuevo Imperio.
Aunque este triste y atribulado país se quedó con lo puesto, un caudillo de guiñol mata-niños acompañado de un pelotón de patéticos individuos con gafas negras y camisa azul saludando a lo romano. Ante tal panorama, a Míster Marshall le pareció lo más prudente no avanzar más allá del sur de los Pirineos.
Y al que más le dolió el “olvido” fue al bueno de Pepe Isbert, que de espías y agentes secretos debía saber más bien poco. Y no digamos a sus convecinos de Villar del Río, que se quedaron con un palmo de narices cuando los norteamericanos pasaron de largo.
Para recibir a los americanos el pueblo de Villar del Río había preparado una canción:
"Los yanquis han venido,
olé salero, con mil regalos,
y a las niñas bonitas
van a obsequiarlas con aeroplanos,
con aeroplanos de chorro libre
que corta el aire,
y también rascacielos, bien conservaos
en frigidaire ."
"Americanos,vienen a España
gordos y sanos,
viva el tronío
de ese gran pueblo
con poderío,
olé Virginia,
y Michigan,
y viva Texas, que no está mal,
os recibimos
americanos con alegría,
olé mi madre,
olé mi suegra y
olé mi tía."
"El Plan Marshall nos llega
del extranjero pá nuestro avío,
y con tantos parneses
va a echar buen pelo
Villar del Río.
Traerán divisas pá quien toree
mejor corría,
y medias y camisas
pá las mocitas más presumías."
Fue mucho tiempo después, después de los fusilamientos a destajo, del ajuste de cuentas en ciudades y pueblos como Villar del Río, después incluso de la huelga de los tranvías, cuando empezaron a ocurrirnos cosas la mar de misteriosas o extrañas. Esas que la gente suele llamar surrealistas cuando podría decir estrambóticas. De pronto irrumpió el turismo en España. Lo que no consiguieron cónsules y embajadores, ni mucho menos la propaganda cañí del franquismo lo consiguió nuestro sol y playas. La “invasión” fue plurinacional aunque para nosotros sólo existieran las altas y esbeltas suecas con bikini. Fueron recibidas con el fervor y delirio que sólo otorgan los sueños.
Por eso mismo, porque estaba convencido de que todo se trataba de un sueño, mi sorpresa no fue total cuando me encontré a Kafka en el ascensor de mi edificio y, sin revelar a qué piso se dirigía, me soltó de sopetón, después de quitarse educadamente el sombrero: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Esta tarde iré a nadar”. Mi estupor inicial se vio aliviado, no obstante, cuando recordé que eso fue precisamente lo que anotó en su diario, allá por 1914. Pensé que quizás Einstein tuviera algo de razón cuando predijo que el tiempo y el espacio eran curvos, y que lo más probable es que ese maravilloso encuentro con el escritor checo no volviera a producirse jamás.

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