El peso del humo

No somos idiotas. No, hombre, tenemos ojos y oídos. El “público”, o “los usuarios” como insisten en llamarnos muchos politicastros -para quienes el cambio de régimen sólo ha significado el de su cuenta corriente- ya sabemos a estas alturas que el sol acabará apagándose y, consecuentemente, nuestro planeta se convertirá en uno de tantas esferas galácticas, desoladas y “arcaicas” expandiéndose y, de esta forma tan elemental, la nada se irá agrandando y alejándose el infinito, convirtiéndolo, por lo tanto, en un concepto tan inútil como echar un voto en una vitrina de cristal.
Idiotas pero no sordos: hasta oímos sus risas mientras hacemos cola en el colegio electoral de turno con nuestro D.N.I. en la mano y una cara de domingo que da puta pena. Nuestro único consuelo es que, aparte de alguna nube de ceniza, una eventual guerra atómica y una jubilación de mierda nos salvamos de “disfrutar” de la inevitable extinción de nuestra especie (Dios la tenga en su seno). Por eso, ¡A mi plin, que soy de Pikolín! Que se jodan los nietos de nuestros tataranietos. Quizás es por todo ello que la expresión eternidad cada vez me la trae más floja. Va perdiendo la solemnidad que siempre la ha caracterizado. Ya suele pasar. Las cosas cambian. Para mal, por supuesto.

La eternidad transcurre, pues, en minúsculas. Sobre todo, lo hace, que yo sepa, en la antigua Estación ferroviaria del Norte, construida en 1861 y situada en la calle Alí Bei de Barcelona, actualmente, el núcleo central de las llegadas y salidas en autobús de la ciudad.

Trabajé, hace de eso mucho tiempo, en un edificio anexo a la estación. En la remodelación del antiguo edificio, los genios del diseño tuvieron la feliz idea de conservar el viejo reloj, y me llevó su tiempo llegar a la conclusión de que debía tratarse de un reloj “de cuerda”, porque “andaba” siempre estropeado. Marcaba permanentemente las dos horas y veinte minutos de la tarde. A esta conclusión llegué con la ayuda de Salva, compañero de trabajo y, sin embargo amigo, con el que desayunaba y comía cada día. Primero coincidimos en nuestra perplejidad no dando crédito a lo que veíamos, pero finalmente y a medida en que pasaban los días no tuvimos más remedio que aceptar la evidencia. Convenimos los dos en que quizás se tratase de un reloj “de uso manual”, es decir, “de cuerda” y, de paso, decidimos que era una pena que ya no existiera ese simpático individuo uniformado llamado Jefe de Estación y que, aparentemente, no tenía nada mejor que hacer, aparte de agitar el banderín y hacer sonar su silbato, que darle cuerda al reloj. Puestos a dudar pusimos una vez más en cuarentena a los funcionarios del Ayuntamiento dudando en que hubieran previsto un acceso digno al dichoso reloj.
Los de la ONCE, con cierta frecuencia, alquilaban la Estación (convertida, a la sazón, en un Polideportivo Municipal) para sus encuentros y festejos. Y digo festejos a tenor del escándalo y charanga que armaban. Entonces sí, entonces, cuando venían los de la ONCE, sorprendentemente, algún empleado del Ayuntamiento le daba cuerda al mecanismo en cuestión, y durante unos pocos días teníamos la hora correcta. Claro que los de la ONCE…. Ya me entienden. Entonces fue cuando Salva dijo aquello de que el amor es ciego, el amor es ONCE o no es.
Por supuesto, esta historia no se la cree nadie y ahí reside, en parte, el placer de escribir. De escribir y de contar historias inventadas que parecen de verdad y de hacerlo con historias como ésta que siendo ciertas resultan tan difíciles o imposibles de creer. Ser o creerse escritor tiene a veces este tipo de compensaciones. No las tiene, sin embargo, la sinceridad, la franqueza, siempre –claro, evidentemente- que no seas Borges. Sólo llamándote Jorge Luis Borges puedes reconocer algunas cosas. “He cometido el peor de los pecados que un hombre pueda cometer: No he sido feliz”, dejó escrito el autor. A pesar de todo, respeto para él. No he oído ni leído a nadie capaz de resumir su vida con un Post-Scriptum tan claro y contundente. Ésta y una de las mejores aportaciones de los ingleses a la literatura, la definición de sir Thomas Browne de gentleman: persona que trata de no dar molestias, es lo mejor que puedo ofrecer al lector, a cambio de mis mentirijillas, en estos tiempos de penumbra. O de ceniza, como se prefiera.
Aunque, y a riesgo de cansar al lector, podría añadir algunas “perlas” más a esta conjura de necios. Smoke, por ejemplo, la excelente película de Wayne Wang escrita por Paul Auster. En el film, un novelista, Paul Benjamín (William Hurt) cuenta la anécdota que da título a la película. Sir Walter Raleigh –que fue quien introdujo el tabaco en Inglaterra- apostó con la reina Isabel I que podía medir el peso del humo. Auggie (Harvey Keitel), el dueño del estanco donde se realizan las tertulias que dan “cuerpo” a la película, responde de forma tajante: “Eso no se puede hacer. Es como pesar el aire”. Paul acepta la dificultad de la propuesta: “Reconozco que es extraño. Casi como pesar el alma de una persona. Pero Sir Walter era un tipo listo. Primero cogió un cigarro nuevo, lo puso en una balanza y lo pesó. Luego lo encendió y se lo fumó, echando cuidadosamente la ceniza en el platillo de la balanza. Cuando lo terminó, puso la colilla en el platillo junto a la ceniza y pesó todo eso. Luego restó esa cifra del peso original de un cigarro entero. La diferencia era el peso del humo”.
Y a mí se me ocurre: si el humo se puede pesar es que el humo existe. Y por la misma regla de tres: si el reloj de la estación marcaba siempre la misma hora quizá era que siempre eran las dos y veinte de la tarde. Luego me contaron que el reloj volvió a funcionar, esta vez de forma permanente. No sé si creérmelo. Vete a saber cuál es la verdad de la historia. Ya no trabajo cerca de la Estación del Norte. Ya no paso cada día delante del reloj. Aunque un presentimiento más allá de las leyes implacables del raciocinio me dice que en la Estación del Norte siguen siendo las dos y veinte de la tarde y el tiempo nunca volverá a ser lo que fue. Aunque quizás me quede corto: cada tiempo es peor que el anterior, porque a medida que nos hacemos mayores parece que discurra a más velocidad y que sea mucho más fácil comprimirlo, como un presagio de su desaparición. Nos dolían las mandíbulas, a Salva y a mí, de tanto reírnos cuando comentábamos, con sarcasmo pero sin un ápice de malicia, que a los de la ONCE les daría igual si el reloj marcase la hora que marcase.
Algunos oficinistas de la vida somos así. Necesitamos reírnos cada día para alejar la neurosis de la monotonía y, a la vez, nos aterran los cambios. Desde aquella funesta Nochevieja, 31 de diciembre de 1973, mucho tiempo hace de eso, demasiado diría yo, en que tuve el primer ataque de pánico, el miedo ha sido mi eterno compañero de viaje. No me ha fallado jamás. Es por este motivo que cuanto más me alejo de la seguridad de mi refugio (llámenlo “punto de origen” para entendernos) más enfermo me pongo. Es por eso que odio viajar. Y aunque mi natural conciliador me empuje siempre a la cortesía de la simulación y haya intentado en todo momento emular a sir Thomas Browne, procurando parecerme lo más posible a un gentleman (ya saben: persona que trata de no dar molestias), lo cierto es que mi colección de excusas para no hacerlo es interminable. Y lo más sorprendente de todo es que la vida siga y siga, con esa pasmosa indiferencia que nunca dejará de asombrarme.

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