Curso del 62

Apenas levantaba un metro del suelo y ya intuía que aquello que tan repetidamente los adultos mencionaban como “el mundo” no acababa en el perímetro de calles que configuraban mi barrio. También es cierto, que a medida que pasaba el tiempo más crecía mi sospecha de que no sabían exactamente en que consistía ese mudo.
Y no era para menos, mi ignorancia infantil, si advertimos que en mis tímidas correrías, apenas había traspasado la frontera de la plaza de la Sagrada Familia. Fue allí donde aprendí, junto con mis colegas de entonces, a escupir desde lo alto del columpio:
- ¡A ver quién llega más lejos!
Hasta que aparecía el vigilante nocturno y nos expulsaba del parque como si tuviéramos la escarlatina. Al principio nos resistíamos a tales expatriaciones, aunque también es cierto que poco a poco fuimos aceptando que la cosa no daba para más, que el orden era eso y así, tan uniformado, impaciente y mala leche.
Y también a acostumbrarme a aceptar que el mundo exterior no acabara en esas imágenes “festivas” y lejanas que nos mostraban los triunfos del Real Madrid en la Copa de Europa. O de Santana y Gisbert – que esto ya era más digerible para nuestros espíritus culés- en la Copa Davis. Además, a esa edad –ya lo he dicho-, el Planeta Tierra era más pequeño todavía, mucho más de lo que parecía en los atlas y los libros de Geografía Universal. El mundo se componía de unas cuantas calles conocidas que se doblaban sobre si mismas y de cuatro amigos con las rodillas sucias, llenas de chorretes y arañazos. Aunque, dicho sea de paso, toda la pandilla, sin exclusiones, éramos unos verdaderos jabatos en el arte de las canicas. Gua y al hoyo.
¿Y qué decir del tiempo? Los años quedaban escrupulosamente delimitados dentro de los períodos y novedades de cada curso escolar. Aquel año la gran novedad fue que el día de Navidad nevó intensamente en Barcelona. ¡Nunca he vuelto a ver nevar de aquella manera! Fue la famosa “nevada del 62”, yo tenía once años y las horas eran poco más que el colador por donde se escapaban, adelgazándose y escurriéndose, como porfiando, las soledades del compás, el plumier, la tinta china y el maltratado libro de Ciencias Naturales. Y las tardes se parecían cada vez más a la espiral de frías baldosas que tenían su origen en el vestíbulo del colegio, los días de lluvia, un vestíbulo todo mamás, serrín húmedo y portero malas cascarrabias. Llevaba pantalones cortos, claro, y los muslos se me quedaban en seguida de piel de gallina. Las tardes tenían ese run run violáceo y con olor a lluvia de la infancia, que uno siempre recuerda con esa mezcla de nostalgia, Colacao y Matilde, Perico y Periquín.
El curso del 62 coincidió con mi “estreno” en el Bachillerato. El director de la academia, un tipo gordo y bajito, con cierto parecido con el Amito Morcillón, el del TBO, intentó convencer a mis padres de que, dadas mis escasas condiciones para el estudio, lo mejor “para todos” era que hiciera “Comercio y Contabilidad” -que era la alternativa cutre del Bachiller como, más tarde, lo fue la “Formación Profesional” del B.U.P.- y me dejase de heroicidades. Mis padres hacían que sí con la cabeza, asustados como estaban todavía ante el poder establecido, fuese éste el tontolaba del director de la academia o el mismísimo Caudillo avanzando bajo palio en el blanco y negro de la televisión.
Aquel año del 62 lo que me salvó de la desidia del calendario fue la gran nevada. El día siguiente, amaneció como una canción de Bing Crosby. Por la radio comentaban que el personal había sacado los esquís del cuarto trastero y se deslizaba Balmes abajo. Yo no sabía si creérmelo, aunque más tarde las fotografías de los periódicos confirmara la noticia. La calle Balmes estaba demasiado lejos del mundo.
Un grupo musical denominado 'The Beatles' estalló en pleno corazón de Europa con su primer disco 'Love me do' instaurando la 'beatlemania'. En las pantallas de la tele aparecían unos barbudos revolucionarios armando bronca con el lío de los mísiles rusos en Cuba. En el muy lejano Estado de Israel, Adolf Eichmann, tras un juicio que removió hasta el último muerto de su tumba, fue finalmente ahorcado, aunque él seguía afirmando que era un mandao. Ah, pero ese mismo año moría Marilyn Monroe, mientras que el inefable José Guardiola arrasaba con su canción “Di, papá”. Y todo eso mientras por aquí, en Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa se instituía por decreto el estado de excepción.

Y lo cierto, lo terrible, es que, aún así, todo parecía transcurrir con cierta lentitud. Si he de ser sincero, la “parsimonia” con la que se sucedían los acontecimientos conseguía aburrirme. Quizá el origen de esta falsa percepción no fuera otro que todo ocurriera lejos de mi espacio y de i tiempo. No sabia nada de barbudos y las guerras púnicas apenas duraban tres páginas, pero mi infancia se hacía injustamente eterna.

Sobre cualquier otra sensación, predominaba el rancio olor del aula, un olor a meaos y a bocadillo de mortadela que sólo mejoraba en mayo, cuando la ofrenda de flores a María. Entonces sí, entonces colmábamos el entarimado de la profesora de flores malvas y blancas y todo olía como a cementerio el día de todos los muertos. Porque novedades, lo que se dice novedades, más bien pocas. Todo lo más una nueva profesora y los libros nuevos de cada curso, todo tan poco a poco y de aquella manera, como aquellas tardes cansinas y radio Barcelona: me voy a afeitar con la Hoja Palmera, que no tiene rival, que no tiene rival.

Pero algún día, vete a saber cuál, las estrellas resurgieron del mapamundi y empezaron a moverse y a dar señales de vida. Y con ellas, el Sol y la Tierra, y aquí abajo todo empezó a ser diferente. Las cosas dejaron de ser como los tebeos, los cromos y los aventis. Aventurarse en esta nueva dimensión me abrumó sobremanera. Así, de esta forma tan sencilla desapareció la magia. Un día, como pasó con Mariló, mi primer gran amor no correspondido, todos aquellos años, y también el curso del sesenta y dos, dijeron que se iban y se fueron. Se fueron de verdad.
Y fue entonces cuando empecé a pensar seriamente en que no tenía otro remedio que usurpar el lugar del otro, en el mejor y mas remoto de los casos –soñaba- de alguno de mis héroes de papel, aunque mi verdadero deseo era cambiar el nuevo mundo por el mió, ese mismo que, solo existía en mis sueños. Y no hay forma humana de narrar como se puede perder una batalla como ésta sin apenas presentar combate. Porque lo que mas cuesta no es aceptar como somos, sino como son los demás. Este es el reto.

Información Adicional