Juan Carlos Elijas

La poesía no quiere decir, dice, como dijo Maldoror. El poeta aporta la experiencia (historia) y el pensamiento (histeria). La otredad (la otra edad o realidad) del poeta es el poema.

El detonante del mismo promueve la celebración del hallazgo y del instante a veces con el brindis del estómago. El poema, desde su nada de madera transparente y oscuro hielo hasta la tierna hechura, se embriaga de una necesidad de expresarse y entenderse (de crearse) y distingue con más o menos falibilidad a su historiado ente histérico como escriba.

Se trata de un continuo descifrar para cifrar el enigma, encontrar la mentira verdadera, el honesto trampantojo… llamar al pan, vino. Al fin, no es más que ir anotando una palabra tras otra, tejer el propio atuendo o sudario con firme brazo y la aguja dictada del lenguaje, pues no de manera diferente a la que somos escribiremos (incluyamos el talento, digamos que escribimos porque no conocemos otro modo de supervivencia emocional). Tras las más queridas máscaras, poesía (agítese antes de usar, mantener fuera del alcance de los niños): solución caligráfica, quieta, de las ideas

 

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