Los invasores
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- Categoría: Más allá de la mirada
- Publicado en Jueves, 09 Febrero 2012 21:32
- Escrito por cronopio
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Si fuera cierto que todo nace en la niñez, buena la hubieran hecho mis padres (y yo mismo) pensando que la mejor forma de doblar la esquina - sucia y llena de meados - de la infancia, era empezar a trabajar para levantar España. Bueno, que yo recuerde nadie habló de levantar España, eso lo hacían muy bien los locutores del Diario Hablado de RNE. En casa el naufragio era de dimensiones reducidas y, por supuesto, se vivía con resignación y sin alevosía. Y hasta puede que sin lo uno y lo otro, bastante tenían los pobres con ser pobres como para que alguien venga ahora a pedirles cuenta de cómo educaron a sus hijos.

Hablemos del naufragio: “ Lo primero es mi nombre, lo segundo aquellos ojos, lo tercero un pensamiento, lo cuarto la noche que se acerca, lo quinto aquellos cuerpos destrozados, lo sexto es hambre, lo séptimo horror, lo octavo los fantasmas de la locura y lo noveno es carne aberrante, carne, carne secándose en los obenques de la vela, carne que sangra, carne, carne de hombres que he visto, que estaban allí, carne de hombres vivos y después muertos, asesinados, despedazados, enloquecidos, carne de brazos y de piernas que he visto luchar, carne arrancada de los huesos, carne que tenía un nombre, y que ahora devoro loco de hambre, días masticando el cuero de nuestros cinturones y pedazos de estopa, ya no hay nada más, nada en esta balsa atroz”. No lo digo yo, lo escribió Alessandro Baricco en “Océano mar”. Lo cito porque viene a cuento pero, sobre todo, porque me cae simpático en las entrevistas y no tiene un pelo de tonto.
Ya quedaban pocos supervivientes en esa balsa atroz, en la que me abandonaron después de acompañarme hasta la puerta de la fábrica, el primer día, como por otra parte había hecho los primeros días para ir al colegio. Aprendiz de cortador, ese fue mi primer “empleo”. Claro que nunca llegué a usar las tijeras. El oficio es el oficio. Para eso estaba Palau, el Oficial Cortador, ayudado por José, el Ayudante Cortador. Palau era de la gama catalán reconcentrado y Pepe (para los que como yo no se sentían ni catalanes ni kikuyus y nuestra patria una miseria pura y dura) de la más baja escala de andaluz “de pura cepa”. Palau y Pepe mantenían esa relación de amor-odio tan característica en los reductos cerrados, claustrofóbicos, como en los cuarteles, en los que la jerarquía lo es todo.
- Este patrón merece un recambio – murmuraba Palau – como si el que hablara fuera un guardia civil.
- Estas tijeras están demasiado afiladas– respondía Pepe, blandiendo la herramienta a la altura de unos ojos, negros como el carbón, como si una navaja toledana se tratara.
Sus puyas más o menos sutiles estaban fundamentalmente orientadas a hacerse la vida imposible. Socialmente, quedaban claramente enmarcadas en el choque de culturas producto del proceso migratorio a la que nos condujo el empecinamiento de la autarquía económica y el éxito del Plan de Estabilización. Dicho de otra manera, y a la manera de Palau:
- Esos murcianos que vienen a robarnos el pan. – Entendiendo por murcianos la acepción genérica que definía perfectamente el conglomerado polimorfo de andaluces, murcianos, extremeños y otras hierbas que aterrizaron en la Estación de Francia huyendo de la miseria en los sesenta. El resto se fue a Alemania. Willkommen!
Opinaba José, o Pepe, que los catalanes eran seres soberbios y un tanto retorcidos cuya principal finalidad era acumular pasta, dinero, pelas… Y joder a los pobres emigrantes. Palau era, efectivamente, un personaje sibilino, con cierta pinta de amargado y bastantes dosis de cinismo. A ambos no le faltaba algo de razón, dicho sea de paso. A los andaluces les echaron a patadas la pobreza y el duro peaje de la dictadura, y por mucho que se empecinaran el poeta Blas de Otero y el cantautor Paco Ibáñez (a los que, pese a lo que voy a decir, quiero menos), los aceituneros de Jaén, altivos no digo que no fueran, pero que los olivos no eran suyos, de eso seguro. A la vista estaba. Por lo que a los catalanes se refiere, la xenofobia doméstica que se gastaba en mi entorno no era para echar cohetes, precisamente. Hay muchas maneras de reescribir la historia. Pero, al fin y al cabo, la gente con la que yo me trataba era lo que hoy se denomina hipócritamente “pluricultural”, es decir, nacida en cualquier parte de la península y del globo, mi mejor amigo era de Cartagena, El Capitán Trueno y el Capitán Nemo se expresaban en castellano y, por supuesto, desconocía por completo lo que se trajinaban en el Eixample, en el exilio o el Ómnium Cultural. En realidad, como buen hijo de proletarios (en el sentido estricto de la expresión), no sabía que existía ni el Eixample, ni el exilio ni, por supuesto, una identidad cultural propiamente catalana.
A los Palau y compañía les faltó tiempo para hacerse eco de una parodia que circulaba en algunos círculos de carajillo y prensa deportivos en relación con la entradilla en off de la popular serie televisiva “Los invasores” (The Invaders), en la que se desarrollaba, capítulo a capítulo, la invasión de la tierra por los marcianos. Dicha entradilla decía así: “Los invasores. Seres extraterrestres de un planeta que se extingue. Su destino: la Tierra. Su propósito: apoderarse de ella. David Vincent lo sabe, él los ha visto. Sabe que los invasores ya están aquí... Su misión, ahora, consiste en convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ha comenzado.” Mientras uno escuchaba esta parrafada, en la pantalla aparecía siempre la imagen en blanco y negro de un David Vincent (Roy Thinnes) que se pasaba la vida perseguido y acosado por unos extraterrestres que habían adoptado forma humana, a los que el oxígeno puro les caía fatal y no tenían pulso o latido que delatase la existencia de un corazón. Y quizás por ello, carecían de cualquier atisbo de emoción. Aspectos menos relevantes pero no por ello menos curiosos eran que cuando los herían no sangraban y que si morían sus cuerpos se convertían en ceniza, no dejando ni rastro de su presencia en este planeta. Además de por todas estas características, se les podía descubrir mediante un detalle que ahora mismo me parece chocante, sino ridículo: su dedo meñique aparecía siempre tieso como un palo de regaliz.
La variante que Palau recitaba con suma complacencia decía así:”Los murcianos... seres de otra región que se extingue. Su destino: Catalunya. Su propósito: apoderarse de ella. Jordi Basté lo sabe, él los ha visto. Sabe que los invasores ya están aquí. Su misión, ahora, consiste en convencer a un mundo incrédulo de que la pesadilla ha iniciado”. Los dos oficiales cortadores coincidían, sin embargo, en recomendarme sutilmente que no me apresurara demasiado en mi tarea, que, si nos poníamos a sacar la faena nos quedábamos sin trabajo en dos días. En eso tampoco hemos cambiado demasiado.








