Con su revólver escondido en los pliegues del sofá.

Los lunes mi periódico acaba siempre manchado de café con leche. La sangre, la mayoría de las veces, la pone el rotativo. El lunes, en la portada se cuenta que una mujer ha sido asesinada de un tiro en el pecho. El asesino, sin esperar a la policía, se dispara en la cabeza. Con tal ¿mala? fortuna que todavía no se sabe si sobrevivirá. Todo ocurre en menos tiempo de lo que se tarda en explicarlo. O en leerlo.

Los martes siempre corren el riesgo de ser trece. Y si no, como si lo fueran. Sigo con el mismo periódico de ayer, -y no es una metáfora más, es la crisis: en lugar de dejar el periódico a medio leer, lo mantengo uno o dos días, más; saquen cuentas del ahorro que eso supone al final de mes-. Volvamos al asunto: nada que ver con una historia de la nouvelle vague. Nada que ver con el amor, ni con la pasión, y mucho con el miedo. Por lo demás, en las películas de la nouvelle vague las que mataban eran ellas. Y en el cine negro americano, el que no llevaba un revólver seguro que era un “extra”, un actor de reparto, que suele decirse. En definitiva, en este país de bicing, carteristas de altos y bajos vuelos, y de festivales pop, el crimen ha dejado de ser pasional y unisex (o sea, repartido entre ambos sexos), para convertirse en machista, una miserable costumbre cuyo origen es la independencia de la mujer y el resultado el horror vacui (miedo al vacío) del “homo erectus”, alimentado todo ello por el mimetismo de lo que de jóvenes llamábamos “mass media” y ahora “los medios”.

Los martes me traen malos recuerdos. Por si no fuera suficiente pertenecer a una especie en extinción que, además, se permite el lujo de inventar la moral, porque el poder ya lo inventó (o necesito de él) el mono, todavía desnudo. Una especie en la que conviven, es un decir, los que caen de pie y los que caemos de cabeza. Eso ocurre invariablemente desde que Stanley Kubrick creó –cinematográficamente hablando- la metáfora de la violencia como método de subsistencia, pero con mayor frecuencia los martes, el día que se lleva la mala fama. Y, en definitiva, será por eso y no al revés, o por algún rescoldo oculto de la memoria, sin su correspondiente icono para ser abierto o por vete a saber qué razón, los martes me traen malos recuerdos…

Paladeo a pequeños sorbos mi taza de café mientras pienso, cariacontecido, que tampoco acabaré sin saber de qué diablos ha muerto Marta. Marta es la coprotagonista (o protagonista principal, según se mire) del libro de Javier Marías que estoy leyendo y del que ahora mismo me siento observado. Javier Marías es así. Un tipo un poco raro.

Aparentemente, los miércoles son poca cosa. Casi no hay que consultar la agenda para saber que tienes la tarde libre. Ideal para planear una cena fuera de casa o un cine de parejas. Con una doble pareja, como en el póker, puedes salir indemne. Incluso sin que cuente como un farol. Seguramente fue un miércoles cuando Phyllis esperaba a Walter en su apartamento para completar su perverso plan. Barbara Stanwyck (Phyllis), después de esconder el revólver en un repliegue del sofá, encendió un cigarrillo. Reconozco que al prender el fósforo se me encogió el corazón. Lo hizo con parsimonia, mirarlo y encender el fósforo, como alargando el tiempo, como si con ello pudiera conseguir retrasar lo inevitable. Al fondo del encuadre apareció McMurray (Walter), con cara de póquer, esa expresión que tanto le sirvió para un cosido como para un descosido, tanto para una comedia como para un terremoto, pero que aquí daba la talla. Aspecto de un buen profesional de la venta de seguros que sabe perfectamente que las apariencias siempre engañan. Incluso una trío que quiere convertirse en pareja.

En ese momento no pude escuchar sus palabras porque -como con al libro que tenía entre las manos- le quité el sonido a la tele y, además mi memoria ya no es lo que era. Puedo decir que Fred McMurray hablaba mucho, y de corrido, y que la luminosa mirada de Barbara Stanwyck no presagiaba nada bueno. Concentrando en la expresión de sus rostros, fascinado por ese cinismo que rozaba de lleno esa delgada línea –por lo demás, ambigua- que podemos entender por verdad o mentira, llegué a la conclusión de que la atracción fatal con frecuencia puede más que el amor, del amor tal como la conciben los sufridores que presumen de veinte años de convivencia, o los que se casan con dudas, por poner sólo dos casos. De esta suerte (?), a nuestros dos personajes les venció la ambición y el ansia que llevaban en la sangre. Puestas así las cosas, difícilmente resistirían la tentación de liquidarse el uno al otro.

Al final de la película, sin embargo, no pude menos que volver a una de sus escenas cumbre y subir el volumen para escuchar:

- "¿Por qué no disparaste otra vez, nena? No digas que porque me amaste todo el tiempo.".

- "No, nunca te he querido, Walter, ni a ti ni a nadie. Estoy podrida hasta la médula. Te utilicé, como has dicho. Sólo has sido eso para mí... hasta hace un momento... cuando no he podido disparar por segunda vez. Jamás pensé que pudiera pasarme a mí".

- "Lo siento, no me lo trago".

- "No te pido que te lo tragues, sólo que me abraces".

- "Adiós, nena".

Y, el jueves, cuando justo Walter se desangra mientras confiesa sus crímenes utilizando el micrófono del dictáfono de su despacho yo me encuentro de nuevo rodeado de crímenes nada pasionales, producto acaso de monos desnudos que se resisten a bajar del árbol. Rodeado, digo, por todas partes menos por una, un libro que, de pronto, empieza a observarme y a hacerme preguntas. Preguntas que me enredan en sofismas imposibles de digerir con tanto sofoco por el contraste del frío gélido ahí fuera y bienestar de la calefacción aquí dentro. A ver, ¿por qué he de sentirme culpable de que este libro me pregunte en lugar de dejarse leer como es su función originaria, y yo diría primordial? A cuento de qué tantas preguntas -diría yo- imposibles de contestar un día como éste, echado en mi butaca, preguntándome una vez más de qué ha muerto Marta, como si esto fuera realmente importante, como si lo importante, lo esencial, no fueran esos ojos de una rubia platino que me miran desde lo alto de una escalera, cubierta sola con una toalla, luminosos como los de Phyllis, los de Barbara en definitiva, con un plan perfecto rondando en su cabeza y un revólver escondido en los pliegues del sofá.

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