Aquí falta una bala o sobra un muerto

De lo particular a lo universal, decían nuestros profesores de filosofía, o al revés, ahora mismo no lo recuerdo. Ventilarse todos los filósofos de ayer y de hoy. De carretilla y con un solo libro. “De texto”, decíamos. Sin un dibujito, ni una foto, ni un esquema y con los márgenes muy estrechos y la letra diminuta

Tiempo más tarde, cada vez que intentaba leerme el Ulises de James Joyce y moría en el intento, agarraba el libraco en cuestión (el de filosofía), y su contundencia, en el continente y en el contenido, acaba por enternecerme.

Del pasado sólo tengo el dolor, el resto es como si no me perteneciera. De lo particular a lo universal, debe ser eso. Será eso. El hic et nunc. Vayamos con el nunc: Una de estas noches de falsa primavera soñaba yo que asesinaba al vecino con el que, justo tres días antes había coincidido en el ascensor. Mea culpa. Porque, confesémoslo de una vez, tampoco es que el que suscribe mande demasiado en los asuntos del subconsciente. Nadie lo hace, se supone. Desde las teorías de Freud el subconsciente es nuestro oscuro viajero, que diría Dexter, el protagonista de la serie homónima, nuestro “otro yo” si se quiere, el que luego se hace un lío de padre y muy señor mío y nos envía extraños y equívocos mensajes a través de nuestros sueños.

Otra cosa es la esquizofrenia. Un ejemplo: A los aliados, en la invasión de Europa, les dio el ataque esquizoide. Los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, los norteamericanos de noche. Fue una destrucción masiva de la que suele hablarse con la boca pequeña. Nada raro que no quedara una casa de pie. Pues a mí me ocurre otro tanto: el consciente me bombardea de día y el subconsciente de noche. Y nunca se ponen de acuerdo. Y mejor no hablemos de las consecuencias.

La mañana siguiente a la noche del sueño era la ideal para levantarme tarde y llamar a la oficina informando de un ataque agudo de lumbalgia, pero no hubo manera. En lugar de eso, prevaleció la disciplina laboral. O quizás sería mejor decir la costumbre, el miedo a romper la rutina. Enfrentarme a la fatiga… La fatiga de una resaca mental no era una ganga con ese cielo nebuloso y amenazando lluvia. Lo peor fue el afeitado, porque la ducha me dio una falsa sensación de ligereza. Como si de golpe hubiera descendido los 5000 metros donde la falta de oxígeno hacía de cada movimiento una tortura, un esfuerzo casi titánico.

Puestas así las cosas, mientras me arrastraba hasta el parking, y en una nada original asociación de ideas, recordé al “infiltrado” de Reservoir dogs, el señor Naranja, y me entró una risa, ¿cómo decirlo? ¿Retrospectiva? Toda la película desangrándose, mientras el señor Blanco le juraba y perjuraba – mintiendo en un ataque de misericordia que para sí quisieran los “santos” del Señor Bardavio o los residentes del corredor de la muerte- que no se moriría. Cuándo más agonizaba más le disparaban y más agonizaba el tío, pero aún así no acababa de morirse nunca. Confieso que en la escena final, cuando se produce el tiroteo final, es decir, cuando Joe dirige su pistola al Señor Naranja y el Sr. Blanco dirige la suya a Joe, Eddie dirige la suya al Señor Blanco y el Señor Rosa se esconde bajo la rampa, donde agoniza el Señor Naranja, y todo acaba en misa de difuntos con un único superviviente, el Señor Rosa, que coge los diamantes y huye. Y segundos más tarde, afuera suenan gritos y disparos, y se supone que el señor Rosa pasa a engrosar la lista de difuntos, pues resulta que en toda esta escena, a mí me fallan las cuentas. A uno de los muertos le falta una bala, es decir, un asesino.

 

Con mi hermano Jordi hemos revisitado la escena bastantes veces y finalmente hemos llegado a la conclusión de que a Tarantino (por cierto, el señor Marrón) también le fallaron las cuentas en el rodaje. Claro que todo esto no deja de ser una especulación.

Olvidado el falso asesinato del vecino (con el tiempo los sueños pierden credibilidad, como los ideales, y no me refiero aquí a los cigarrillos homónimos) y como mi vecino, que no había hecho nada el pobre, seguía vivito y coleando en el sueño, me desperté pronto, y no creo que ningún estúpido que no sea un proletario engañado esté dispuesto a discutir que las cinco de la mañana no es PRONTO, con una fuerte opresión en el pecho. Como a estas alturas ya sabía que el corazón nunca me mataría, que eso estaba para las falsas ilusiones de las “abuelas”, todas tarde o temprano en la residencia a echar bilis (mala leche) por la boca, me puse a hacer mis ejercicios de respiración, respiración abdominal se entiende, ya que la opresión en el pecho no era otra cosa que ansiedad. Normalmente, cinco minutos bastaban para relajarme, pero esta vez prevaleció la obsesión por el muerto que me faltaba. Bueno, en realidad lo que me faltaba era la bala del muerto, o lo que es lo mismo, el que disparó la bala del muerto, el Señor Rosa para ser exactos, ya saben, la escena del final de Reservoir Dogs. Todo ello me impidió llegar a la tántrica sensación de calma habitual y, desde luego lejos de la realización espiritual y, por lo tanto, en precarias condiciones para encontrar a la diosa Hevraja, por no hablar del sentido de "continuidad de la luminosidad", algo harto frecuente en mis meditaciones matinales.

 

 

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