Liza Minnelli nunca estuvo tan maravillosa como en la película de Bob Fosse
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- Categoría: Más allá de la mirada
- Publicado en Jueves, 30 Diciembre 2010 20:10
- Escrito por cronopio
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Ocurrió en los inicios de los años setenta, probablemente los más cruentos de la dictadura para mi generación. Aún así, recuerdo perfectamente la salida del cine de la calle París, tras haber visto el estreno de “Cabaret”, junto a Esther y Jaume; ella colega de la “Facul” (no de la “Uni” como dicen ahora los jóvenes), él su compañero de piso y de cama. También recuerdo, como si fuera ahora mismo, la primera vez que entré en la comuna de Esther y Jaume… En la sala comedor, una monumental fotografía colgando de la pared con todo el grupo inicial de la comuna: de espaldas y desnudos mostrando el culo al visitante. Obvio decir que me enamoré al instante de la imagen, de su significado y de sus protagonistas. ¡Ah, qué jóvenes éramos
Por otra parte, Liza Minnelli nunca estuvo tan maravillosa como en la película de Bob Fosse. La Minnelli y Joel Grey mostraban sus rostros lascivos al tiempo que cantaban “Money, Money, Money” y hacían chocar los dineros, las monedas, en el escenario del Kit Kat Club. Eso se entendía muy bien: el dinero - es decir, los que lo tienen- mueve el mundo. Los demás somos la escoria, simples figurantes, el decorado.
También recuerdo la portada de la revista “Triunfo” y el magistral artículo de Manuel Vázquez Montalbán al respecto de la película. Nada más interesante que un mundo en suspenso, en este caso el período de entreguerras, los felices veinte y unos pocos de los treinta, esa disipación, ese agarrarse a la frugalidad, pero también al poderío del instante –mientras el monstruo del nacional socialismo emergía de las cavernas-, como presintiendo que sólo se tiene eso, un instante, ahí andaban los personajes de Cabaret, deambulando sin rumbo, con proyectos tan tambaleantes como sus propias vidas y con cierto aire pre-existencialista, negándose a adivinar el futuro, un futuro con un cierto parecido al desesperado grito de Edvard Munch, un grito sin tiempo. El eterno retorno, pero peor.
Esto nos conduce inexorablemente a la escena “del grito”.
Sally Bowles (Liza Minnelli), medio cantante, medio puta, le muestra a Bryan Roberts (Michael York), medio inglés y medio pardillo, su particular método de de “rescate”, o de “recuperación” vital si así lo prefieren. Es mi escena favorita, y hay muchas. Súbitamente, agarra a Bryan y lo conduce, echando a correr…
(- Vamos, vamos. Corre. Vamos, es un tren.)
… bajo un puente a la espera del paso del tren y de su estruendo. Entonces le dice:
- Algunas veces vengo aquí y espero, espero a que pase el tren. Un día tienes que probarlo. Sí, tú. Anda, venga, no seas tan británico. Después te sientes fenomenal.
Justo cuando el tren pasó por encima de sus cabezas Sally gritó con todas sus fuerzas, fundiendo su alarido con el estruendo del tren al cruzar el puente. Acabó exhausta de placer, con la piel temblorosa y los ojos húmedos.
Salimos del cine con el corazón encogido y las emociones encontradas. Hay experiencias difíciles de explicar fuera de su contexto. Más difíciles todavía de trasmitir -pienso ahora- cuando ni yo ni mis amigos, ni los amigos de mis amigos teníamos apenas noticias del interior y nada de nada del exterior. Noticias, por supuesto, distorsionadas y manipuladas. Por eso mismo, nuestra realidad más reciente empezaba, por ejemplo, en la victoria de José Legrá, “El puma de Baracoa” sobre el inglés Armstrong conservando su título de campeón de Europa de peso pluma y se perdía en el fantasmagórico atentado de “Septiembre Negro” en los Juegos de Munich. Aunque tontos no éramos, por supuesto: imposible ocultar las muertes de trabajadores y estudiantes en las manifestaciones. Las huelgas en las fábricas, el ascenso de un periodismo todavía amordazado pero cada vez más “explícito”. No dejábamos de repetir aquello que dijo alguien y que en ocasiones como ésta se aproximaba a la realidad: la “verdad es revolucionaria”. En tales circunstancias, “revelaciones” como las de Cabaret adquirían una sobredimensión que no dudamos en estrujar hasta sus úlceras.

El grito de Sally era un poco como el grito de Edvard Munch, es decir, el aullido de los desheredados. Pero también de los desesperados, de aquellos que veían impotentes como el mundo avanzaba tan alegre, contento y fragmentado (el jolgorio de los años veinte) hacia un nuevo desastre. Un sutil retrato del surgimiento del fascismo.
El resto es de sobra conocido. Sally Bowles se quedó embarazada y, finalmente, decidió abortar. Bryan regresó a Inglaterra y los nazis tomaron el poder. En la guerra que siguió murieron cerca de cincuenta y cinco millones de personas.
Bob Fosse: Cabaret, EEUU 1972.
Música: John Kander
Fotografía: Geoffrey Unsworth
Reparto: Liza Minnelli (Sally Bowles), Michael York (Bryan Roberts), Helmut Griem (Maximilian), Marisa Berenson (Natalia Landauer), Fritz Wepper (Firtz Wendel), Joel Grey (el maestro de ceremonias).








