El Gran Tío Vázquez

 
Para el Burgomaestre Juan Carlos Alquezar, con mi afecto y admiración
Dicen que estamos condenados a repetir el pasado y no puedo estar más de acuerdo. También, o por eso mismo, nos resulta más difícil de lo que debería entender ese pasado. Quizás por eso sobrevivimos gracias a la memoria: para ajustar el pasado a nuestros intereses.
No es este el caso, sin embargo, de las historietas de los tebeos de humor de los cincuenta, espejo privilegiado (puede que por aquello de que el humor asusta menos al poder de lo que debería) de la sociedad de la época. Esto está dicho y escrito: Carpanta, La Familia Cebolleta, etc. Nada más lejos de mi ánimo llegar a reflexiones como ésta cuando, resignado (por aquello del consenso al elegir la peli de los viernes), acudí a ver “El gran Vázquez” al cine Bosque. Reticente, sobre todo, por el inevitable Torrente (El brazo de la ley) y porque, para ser francos, esperaba lo que en otros tiempos llamábamos “una españolada”.
Porque lo del cine Bosque tiene bemoles: un verdadero “frigorífico” en verano. Los frioleros lo tenemos fatal en esta época de cines para esquimales y de edificios “inteligentes” (¡JA!) con un sistema de aire acondicionado más apropiado para bañistas que para oficinistas -como yo- que acaban añorando un poco de sudor en su cuerpo. A veces llega a ser un problema de identidad. Uno no sabe si es un sapiens sapiens o un pingüino. Tanto es así que el verano se ha convertido en una estación sospechosa, un andar de aquí para allá cargando siempre con el suéter o la chaqueta por si acaso. ¡Maravilloso!
Para seguir con la franqueza (¡Y que no sirva de precedente por favor!), en mis tiempos de pantalón corto y chorretes en las rodillas, yo era un adicto al combate: El Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas Bélicas y Roberto Alcázar y Pedrín. En el ámbito del humor, los que se llevaban la palma eran Mortadelo y Filemón, El botones Sacarino, etc. Vázquez ya entonces me parecía –agudo que era uno- un producto representante del “clasicismo” en la historieta. Lo último que podía pensar es que Vázquez estaba reproduciéndose a sí mismo en la época de miseria material y espiritual del franquismo, aunque visto desde la perspectiva del presente -no exclusiva, ni mucho menos, de ese periódico histórico-, es decir, trascendiéndola, personificando de lleno una tradición española, la picaresca, que se remonta al lado oscuro de este país de mierda (como dijera en un arranque de justa cólera el Gran Gregorio Morán en su Sabatina Intempestiva de este último sábado, en La Vanguardia).

Imposible no recordar a Tony Leblanc en la otrora mítica película de Pedro Lazaga “Los tramposos” (1959) junto a José Luís López Vázquez y Antonio Ozores, sobre todo la escena del timo de las estampitas. En realidad, en España estaban los que habían ganado la guerra (según cuenta con su mejor estilo Esther Tusquets) y los derrotados. Los derrotados eran los “rojos” y todos los demás. Y no había nadie que no “se buscara la vida” como buenamente podía, con el estraperlo, los negocietes, las chapuzas y, algunos, como el Gran Tío Vázquez, a lo grande, engañando hasta al más pintado.

Supongo que se puede contar de muchas formas. A mí, particularmente, la forma en que lo ha hecho Óscar Aibar (“Atolladero”, “Platillos volantes”, “La máquina de bailar”) me parece casi perfecta. Incluido el “sospechoso” Torrente, mira qué sorpresas da la vida.

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