Miquel Barceló: El Monstruo de Felanitx o el toro de Picasso. La solitude organisative

 

 

Hasta el 13 de julio de 2010

En el tranquilo y favorable escenario del CaixaForum, fácil aparcamiento, gente, pero no demasiada, aire acondicionado, cafetería con terraza para fumadores, suficientemente alejados  de una ciudad que cada vez parece menos nuestra, ya no es de nadie, ni es de todos.

Sin saber todavía lo que me esperaba esa misma noche, cuando, en un acto de buena voluntad para con mis hermanos de sangre, acaté ver al siempre eficiente Tom Cruise y a la boba de Cameron Díaz en “Noche y día” (James Mangold, USA, 2010) y me metí, sin previo aviso, en el túnel del tiempo, pasmado viendo correr a los corredores de los encierros de los Sanfermines por las calles… ¡De Sevilla! Algunos espectadores no pudimos contener la carcajada, porque en esto tiempos postmodernos es casi imposible tomarse muchas cosas en serio, y menos ésta. No sé si me explico: demasiada gente emprenyada sin que se le note. Sólo por esta escena vale la pena ver la peli. Modesto homenaje a la frivolidad, que diría Oscar Wilde.

Pero vamos a lo nuestro. El monstruo de Felanitx, Miquel Barceló. “El nuevo Picasso”, dijo Esmeralda. Recomiendo empezar la exposición por el final, donde se halla un vídeo en el que Barceló y otro individuo, ayudante o cómplice, o las dos cosas a la vez, construyen o “deconstruyen” un lienzo de dimensiones taurinas apoyado contra la pared. Y pintar –en el caso del monstruo de Felanitx- se convierte en un rito rebosante de gestualidad y un bastante de  atavismo salvaje, lo que nos remite inevitablemente a los “murales” prehistóricos transformados sin solución de continuidad en bajorrelieves que parecen querer escapar de los límites convencionales del cuadro. Un regreso a los orígenes desde una perspectiva moderna, dirán unos.  Yo no lo dije. Miraba, eso sí, con los ojos como platos.

Aporreando la pared –perdón, la pintura-, con manos, brazos y codos, creando cada nuevo surco con sus dedos sobre una tela que más que una tela parecía territorio lunar con la superficie todavía blanda, una típica escena en clave de performance que, obviamente, además de lo dicho, me recordó a Jackson Pollock danzando y escupiendo chorros de pintura sobre sus inmensos (por grandes) telas tendidas en el suelo. Nada que ver con la fría conceptualidad de Tapies, dije yo. Barceló, al contrario, es el “pequeño salvaje” de Truffaut convertido en King-Kong como muestra perfectamente el autorretrato que encabeza esta exposición.

Y como muestra bien vale un botón, me remito a una pequeña obra, muestra también de la diversidad de géneros y técnicas del monstruo de Felanitx: la representación  titulada “Lenin, Marx, Engels”, escultura de bronce con pátina, una masa mórfica, un Tótem en el que apenas se identifican los rostros si los sujetos no fueran de sobras conocidos. Y  los restos de una cajetilla de Ducados incrustados en “Le petit amour fou”, y no digamos su serie de  “bestiarios” y “bodegones” que tienen más adrenalina que un chute de realidad la mañana de un lunes.

 

Le petit amour fou

 

En definitiva, a Barceló no hay que mirarlo, hay que sentirlo, quitarse el traje de los domingos y sacar la cabeza por la ventanilla de este impresionismo plano y fofo que invade nuestro paisaje de cada día. Y, por supuesto, estar dispuesto a que te rompan la cara de un puñetazo. Alegóricamente se entiende. Percibir el viento racheado en pleno rostro y olvidarnos durante un buen rato de ese falso y mentiroso fair play de mierda en el que todos acabamos siendo tan correctos que, francamente, da pena.

 

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