Rafa Ferrándiz: El fuego. Preguntas y respuestas

La pintura “abstracta“ provoca, muchas de las veces, un impacto visual desconcertante para el “otro”, ese individuo, al que llamaremos “espectador”, o “mirón”, y que se encuentra al otro lado de cualquiera las deflagraciones que han supuesto un cambio radical en la interpretación pictórica. No es de extrañar, pues, el estupor de los no entendidos, entre los que, lo confieso sin pudor, me encuentro.
En este sentido, impelido por la necesidad de una explicación de lo que veo, pero también de lo que “no veo”, he hurgado aquí y allá, como un pobre buscador de respuestas – más que de tesoros- y lo he hecho con lesa imprudencia, sin mapa ni brújula. De algunas de las definiciones leídas, me atrevo a destacar la de Susan Woodford, en su libro “Cómo mirar un cuadro”.
Dice Woodford, refiriéndose a una pintura de Jackson Pollock (Ritmo otoñal, 1950): “No localizamos en él (cuadro) ningún aspecto reconocible del mundo que nos rodea; no hay ningún bisonte que capturar, ninguna historia religiosa que contar, ninguna compleja alegoría que desenmarañar. En cambio, (Pollock) deja constancia de la acción del propio pintor arrojando pintura al enorme lienzo para crear una estructura abstracta, animada y apasionante. ¿Cuál es el propósito de tal obra? Su intención es poner de manifiesto la actividad creativa y la evidente energía física del arista, informando así de la acción del cuerpo y su mente en el momento de emprender la producción de una pintura.”
Cómo mirar un cuadro”, propone Jackson Woodford. Nada que objetar a la pregunta, aunque son frecuencia, mientras hago la figura del “mirón” ante un cuadro me plantee la inversión de esta proposición. Quedaría así de inquietante, no sé si reveladora: ”¿Cómo responder a las preguntas de un cuadro?
Porque lo cierto es que esa y no otra fue la pregunta a la que me condujo irremisiblemente la impulsiva, vehemente y turbadora obra de Rafael Ferrándiz. Quizás por eso, en mi primera percepción de sus pinturas, y en una reacción totalmente inesperada, me entraron unos deseos irresistibles de tocar la tela, con la misma o similar irreflexión con la que un niño siente deseos de tocar el fuego de una hoguera. Porque - pensé entonces - muchas veces la mirada no es suficiente. En la mayoría de los casos, jamás lo es. Claro que yo me hallaba ante una pared de la que colgaban cuadros como antorchas y, por otra parte, cuando intentase quemar mis dedos en sus llamas, sin lugar a dudas me echarían los perros, acercarme a tocar una pintura como si de un incendio se tratara.
No en vano dijo Gauguin que “Para pintar de verdad hay que sacudirse el civilizado que llevamos encima y sacar el salvaje que tenemos dentro”.
Y fue entonces cuando descubrí, quizás demasiado obvio se dirá, no sin razón, que el impacto visual de las pinturas de Rafa Ferrándiz me producía, sobre todo, repetidas sacudidas en el hueso sacro. Y fue en la colisión del fuego con mis ojos, en el fragor de ese diálogo sin texto, donde hallé el camino de la emoción. Y también comprendí que cualquier otro camino era erróneo, ya que conducía irremisiblemente a la nada, al vacío de una inútil búsqueda de significado. Por eso mismo, cada una de sus obras, aparentemente anónimas, en el sentido de que no se encuentran “aspectos reconocibles del mundo que nos rodea”, en cada color, en cada trazo estaba biografiado el espíritu del artista. De Rafa. Nada más próximo a una experiencia absolutamente personal. Y recordé, cómo no, sus propias palabras, las del autor, cuando me dijo en una ocasión: “Es como si en esos momentos, cuando agarras el pincel y te enfrentas a la precariedad de la tela desnuda, sin una idea determinada, te dieras cuenta de que sólo puedes esperar que la propia pintura te conduzca por el camino que ella misma dicte."
¡Qué mayor aventura! ¡Qué gran libertad! Y, a la vez, reconozcámoslo, qué dolor, qué búsqueda a ciegas, qué desesperación ésta en la que el hallazgo te elige a ti y no al revés. En la que resulta tan fácil pasar de perseguidor a perseguido.
“No puedo pasar sin pintar, y, a la vez, sin sufrir ante el lienzo en blanco”, me confesó el artista. Rafa Ferrándiz. Pintor. Un tipo que hurgando en sí mismo, de alguna manera, y puede que sin ser plenamente consciente de ello, acaba retratándonos a todos nosotros. Y también, diría yo, al mundo que nos rodea.
Pintura de Rafa Ferrándiz Castro: acrílico/tela 72 x 91 cm

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