Pedro Ugarte: El mundo de Los Cabezas Vacías. La vida a ras de tierra
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- Publicado en Domingo, 20 Noviembre 2011 12:37
- Escrito por cronopio
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Pedro Ugarte es un tipo amable que las dice claras y que, por supuesto, no se llama Jorge. A mí me parece muy vasco, si es que existe alguna forma especial de ser vasco, que no lo sé a ciencia cierta. Sincero hasta donde le permiten las circunstancias, y, la verdad es que las circunstancias son de una hipocresía mayúscula. No en vano dice su personaje Jorge: “Seamos sinceros: un mundo de personas sinceras sería insostenible. (…) Porque la sinceridad es una conducta depravada que despierta los peores instintos de la gente.”
Educado y afable, decía. Por eso mismo me satisface tanto constatar que un escritor que se ha ganado a pulso su presencia en la prensa diaria, fruto de sus sabias opiniones, y digámoslo todo, que osa decir lo que a otros les tocaría decir, “individuos –le dice Jorge- con un excelente concepto de sí mismos, individuos que presumían de una sólida conciencia social pero individuos que, al final, no acertaban a encontrar a nadie concreto sobre quien depositar el más mínimo gesto de generosidad, de nobleza o de justicia (…) estos individuos (a quienes) se les denomina intelectuales”, sea capaz de escribir una obra tan "redonda", implacable y, a la vez, tan humana, en el buen sentido de la palabra.
Porque la herramienta preferida de Pedro Ugarte, como todo lector sabe, es el bisturí, ayudado, eso sí por su súper poderes, en este caso su mirada de rayos X, como si de una película de serie “B” se tratara, de aquellas que filmaba -entre otros- Jack Arnold en los años cincuenta, al estilo de “El increíble hombre menguante”, construyendo una interpretación de la realidad reveladora hasta en los más pequeños detalles, que es donde precisamente consigue trascender la anécdota para alcanzar cotas mucho más profundas de esa realidad de interiores que siempre se nos escapa a los demás, no sólo de la relaciones humanas, sino del ser humano en sí mismo, en la que es fundamental su relación con el entorno y, casi diría, con el universo.
Un individuo –Pedro Ugarte-, en definitiva, que descuida su vestimenta como el que más pero que, sin embargo, ama a los niños como buen padre de familia (“Los niños, de hecho, son unos seres diabólicos que profieren verdades como puños. Solo la edad nos introduce en la civilización. Y con ella en la gentileza del silencio, o en la misericordia de la mentira” – le recuerda Jorge) haya titulado su libro “El mundo de los Cabezas Vacías” me da qué pensar. ¿Se referirá con ello a algo o a alguien más que a los personajes de su primer cuento, el que presta su título al libro? No. Prefiero no pensarlo.
Doce cuentos, doce, con esto le basta a Ugarte para propinarle un serio revés a la tiranía de lo positivo. Ugarte hace de doctor Frankenstein, el moderno Prometeo, y construye a pedazos (provisto de la más elemental técnica: ver, pensar y escribir en un ordenador probablemente anticuado) el “Hombre de la Cabeza Vacía”. Y lo hace como viene siendo habitual en él, corroyendo y socavando el mundo de las apariencias. Y lo hace como él sabe: derribando los muros de esas parrafadas, palabras, al fin y al cabo, gastadas de tanto hacer de baluarte de una sociedad timorata y mediocre. Y lo hace cruelmente, sin miramientos, penetrando en las vivencias más ocultas de sus personajes, con ironía pero, sobre todo, con una inteligencia y lucidez admirables. Y, esto último debe remarcarse especialmente, porque también pertenece al universo ugartiano: con una compasión, con una comprensión que eleva su prosa a la altura de los grandes escritores.
Porque la herramienta preferida de Pedro Ugarte, como todo lector sabe, es el bisturí, ayudado, eso sí por su súper poderes, en este caso su mirada de rayos X, como si de una película de serie “B” se tratara, de aquellas que filmaba -entre otros- Jack Arnold en los años cincuenta, al estilo de “El increíble hombre menguante”, construyendo una interpretación de la realidad reveladora hasta en los más pequeños detalles, que es donde precisamente consigue trascender la anécdota para alcanzar cotas mucho más profundas de esa realidad de interiores que siempre se nos escapa a los demás, no sólo de la relaciones humanas, sino del ser humano en sí mismo, en la que es fundamental su relación con el entorno y, casi diría, con el universo.
Me lo imagino, a Ugarte, sentado en el parque y mirando con ese aire distraído que se trae... Pero no mirando a la manera del curioso o del simple observador, sino, sin poder evitarlo, a contracorriente como suele decirse, como si la vida le hubiera condenado (como a la mayoría de sus personajes), a ser escritor, a escribir lo que piensa. O, todavía peor que eso, a empaparse de lo humano hasta límites deleznables, debiendo soportar, por ello, todo el peso de la justicia, cruel tesitura si cabe, sabiendo como sabe que “el mundo es injusto hasta extremos increíbles, el mundo es injusto incluso en sus torpes formas de hacer justicia”.
Pedro Ugarte: El mundo de los Cabezas Vacías, Páginas de Espuma, 2011








