Esther Tusquets: Una dama de armas tomar
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- Publicado en Miércoles, 09 Marzo 2011 19:55
- Escrito por cronopio
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La lectura de las memorias (“Confesiones”) de la editora, escritora, jugadora de póquer y de Bingo, Esther Tusquets, ha resultado una de las experiencias lectoras más gratificantes del 2010. Un año para olvidar que por fin se acabó, aunque con sus secuelas. Dios lo tenga en su seno y, de paso, nos perdone a todos por creer o necesitar la existencia de un villano capaz de crear una especie tan estéril.
A Esther Tusquets y a su hermano Óscar, prometedores vástagos de una burguesía catalana de postguerra, franquista por supuesto, les tocó en suerte, entre otras lindezas, formar parte de ese grupo o, mejor sería decir, saga de hijos de papá que, sin hacer ascos de su condición, aspiraron a vivir en una sociedad menos pacata y gris que la que les ofreció el festejo de las camisas azules y las cómodas aunque aburridas prerrogativas de los vencedores. Amalgama de frívolos y sesudos (desde Teresa Gimpera a Monolo Vázque Montalbán) eran los más simpáticos y además se hacían notar más que los aguerridos subversivos que ni siquiera podían hacer uso de su verdadero nombre, y por eso mismo tuvieron el honor de ser distinguidos por el oráculo Joan de Sagarra (“el hombre que estuvo en todas partes”) con la “afortunada” denominación de gauche divine. Esther, siempre tiene alguna palabra amable, algún epíteto breve pero sustancioso para aquel heterogéneo grupo, infame turba o “gauche divine” –como se prefiera- del que siempre supo obtener buenas enseñanzas. Dijo de ellos, por ejemplo, que: “Casi todos bebían demasiado.” O que: “En el grupito de la guache divine, el sexo era uno de los juguetes preferidos (Encerrados con un solo juguete titularía Marsé una de sus primeras novelas)….

Ana María Moix, Ana María Matute y Esther Tusquets
Como es sabido los hay que consiguen no tener ideas propias, luego los que las tienen pero son lo suficientemente listos como para guardárselas para sí y, finalmente, los que, a pesar de todo, las dicen, sin prisas pero sin demasiadas pausas. Esther (¿hace falta la precisión?) es de estas últimas. No dijo muchas de las cosas que observaba con cierta perplejidad no exenta de fruición, porque era demasiado joven, porque estaba demasiado ocupada en ver y escuchar, vete a saber, quizás por no molestar. Sin embargo, no tardó demasiado en largar… Volviendo al ejemplo de la gauche… cuenta en sus “Confesiones” lo sorprendente que le resultaba tanto empeño por la diversión: “No servían los tirantes, -cuenta la autora- ni encajaba mi vestido porque no era “divertido”. Y en el nuevo mundo en que me introdujo Oriol primaba lo divertido. Era el adjetivo más elogioso que conocían.”

El título del primero de sus dos libros de memorias, “Habíamos ganado la guerra”, define, como comprobé nada más empezar su lectura, el fuerte carácter de una chica que de patito feo pasó a convertirse en una dama de armas tomar, entre cuyas cualidades la que más aprecio, aparte de su famosa franqueza (“dicen que soy rara”), es su pensamiento independiente. Reconozco que me sorprende constantemente con sus comentarios – verdadera colección de “puntualizaciones” dignas de una mujer observadora, reflexiva y militante activa contra la hipocresía - sobre la vida en general y las relaciones humanas en particular. Si usted, lector, es algo perezoso y quiere saltarse las “Confesiones” y centrarse en esta cuestión e ir al grano no tiene más que leer su divertido “Catálogo irreverente de buenas maneras”, titulado “Pequeños delitos abominables” (Ediciones B, 2010). Un ejemplo sencillo y de los más intrascendentes: Siempre me ha parecido más adecuada la expresión boca a boca, que el “impuesto” boca oreja. Pues es Esther Tusquets la primera y única persona a la que he oído o leído que esta última expresión, la supuestamente correcta, es una estupidez.
Con esa fama de tía rara no podía hacer otra que empezar sus confesiones (que no memorias, cuya pretensión, por lo general, sigue siendo la de redondear la versión auto-justificadora del autor) recordándonos que de niña creció en el entorno de los que habían ganado la guerra. SU guerra contra los rojos. De los que hacían ostentación de su victoria porque habían recuperado SU España y, cómo podían, y todo el mundo sabe, el síndrome de abstinencia en la derecha crea monstruos, no tuvieron ningún recato –más bien mucha prisa- se apresuraron en sacar a relucir sus alhajas y abrigos de visón en las calles de la miseria y del racionamiento.
En estas circunstancias y no en otras, su infancia, como ella misma siempre ha reconocido, estuvo marcada por una madre divina, una mujer de gran belleza, imponente y señorial que no hizo ningún esfuerzo por disimular su desprecio hacia esa hija poco agraciada físicamente, poco digna de una dama de su clase (basta con ver las fotografías). En consecuencia, su adolescencia transcurrió encarnada en un personaje de reparto, escondida tras las bambalinas de la realidad imperante, como una “cenicienta” cualquiera, ridículamente romántica, a la espera de que un príncipe azul la rescatara de la dignidad que su madre le negaba. Y es lo que yo digo siempre: una persona que es capaz de levantar el vuelo en lugar de resignarse a las migajas del esplendor de su cuna, capaz de echarle un moco a la más rica y bella y también al primer Carlos Barral que se pasa un pueblo –aunque éste sea Cadaqués-, una persona que, además, de eso, tiene la capacidad de “enamorarse perdidamente”, de ser feliz, feliz como las ranas… esa persona merece toda la atención. Esta es mi Esther: Una vieja dama indigna que jamás le aconseja, y menos exige al mendigo, borracho, que se compre un bocadillo con el dinero que le da, porque –afirma- sólo uno sabe la sed con la que bebe, una dama que se pregunta –con razón- si los jóvenes de ahora siguen hablando tanto: si hemos cambiado nosotros al envejecer, o si los tiempos también han cambiado.

Esta es mi Esther, una señora –me resisto a llamarla vieja- que es capaz de privarse de todo menos de lo superfluo. Que le pone a su niña el nombre de milena, “por Kafka, claro”, a pesar de que, de joven adoraba los libros y los perros pero no le gustaban los niños y que tampoco se ahorra un comentario “conyugalmente incorrecto”: Y le conté a Esteban –su marido- que el guapo poeta ruso Evtuchenko me había estado echando los tejos y que volveríamos a vernos por la tarde en la lectura de sus poemas. La que sentencia, sin ajustarse el borde de la falda: “Todos necesitamos inventar nuestro pasado para aceptarlo y, más importante todavía, para mantener una imagen medianamente digna de nosotros mismos.” Y es que lo que les decía antes: estas viejas damas –indignas, dicen ellas- son descaradas pero humildes. “Tal vez nuestra característica más destacada – escribe - sea no intentar recrear nuestra imagen, ni inventar un pasado que nunca existió, para vendérselo a los demás y, lo que es peor, acabar creyéndoselo uno mismo.”
Doble encuentro éste. Con la escritora y con la persona. Ya sé que lo predominante en la autobiografía es esa forma de mentira que es callar las verdades y esa otra que es amplificar las, llamémoslas, virtudes, claro que lo sé, por eso mismo, porque a estas alturas uno ya conoce la técnica de distinguir las medias verdades de las verdades a medias, que conecté de inmediato con Frau Tusquets (estudió en un colegio alemán), para esto sirven las autobiografías, aparte de enterarte de algún detalle o chisme interesante, para hacer amigos, porque mentiras las hay en todas partes, una de las formas de comunicación –dice Sergi Pamies- más predominantes.









