El recurso Mario Monicelli

El lunes, cuando murió Mario Monicelli… hacia poco, muy poco que - descendiendo a lo mundano- había decidido pasar de una vez por todas de la ruinosa rutina de meterme en el metro cada mañana, y para qué engañarnos, a cualquier hora. Harto de hacer lo mismo o quizás de vivir para la los médicos, de empezar a sentirme viejo de verdad. Lo sentí sólo por Julio, lo del metro quiero decir. Julio siempre ha sido mi escritor preferido. Preferido no porque sea el mejor (que parece que no lo es) o de los primeros que consiguió entusiasmarme por el relato, mi vehículo preferido para viajar (escapar); ni siquiera porque su prosa “suene” tan parecido a una discada de jazz que diría el amigo Angel Molas de Swing Set, sino porque abrir un libro suyo es como estrechar la mano de un amigo y ponerse a charlar con él de lo divino y lo humano.
Cuando murió Mario Monicelli, el último de los grandes directores italianos de la época dorada, en Roma diluviaba… Y, por pasar, también pasé de las grandes ventajas del Bus, de los frenazos, curvas-anti-personas y demás, pero sobre todo de esta nueva plaga de desinhibición, de ausencia de pudor, que se ha extendido tanto, al menos, como la afición por la Fórmula I, y que, gracias al invento del móvil, un aparatito que sirve, entre otras muchas cosas, para el disfrute de todo tipo de conversaciones en Estéreo Sensorround y a partir del cual el viejo y “romántico” juego al estilo nouvelle vague de adivinar profesión, pensamientos, destino y vete a saber qué características “supuestamente interesantes” de los pasajeros o viandantes ha perdido ya todo sentido, ya que son los propios “personajes” los que nos lo cuentan (gritan) todo al oído. Por no mencionar, pero mencionemos, a esos señores y señoras que hábilmente se colocan en el asiento contrario al de la ventanilla para ver de intimidar al recién llegado y potenciar de esta manera, tan poco sutil, su lógica propensión a pedir permiso y molestar al personal.
En definitiva, que estoy harto de tantas escaleras, de esa muchedumbre culturalmente y mamíferamente hipócrita que se ufana de poder con todo. Por no mencionar esos malditos túneles que cortésmente llamamos trasbordo, largas como una semana sin fútbol, infinitas rutas entre línea y línea que siempre me recuerdan esa extraña teoría que nunca acabé de entender pero cuya resolución me fascinaba al mismo tiempo: la de que dos líneas rectas se juntan en el infinito. Pues más o menos eso. Aunque lo más deprimente son esos rostros tristes que acompañan mi oscuro viaje. Queda claro que la falta de luz solar afecta al ser humano, lo ensombrece, agudiza su claustrofobia, lo envuelve en un halo de guerrero fracasado que lucha a muerte por un hueco en la trinchera.
El hecho de que algunos de los más entrañables e intensos cuentos de Julio acontezcan en el transporte público me demuestra que puedo estar equivocado y este hecho, aprovechándome de las múltiples posibilidades que nos ofrece gratuitamente la física cuántica, elijo la de que muchas veces el error no es tal, sino otra ruta, y eso me consuela. Qué decir, sin embargo –y perdonen que insista- de esa voz en off que repite sin descanso (para eso sirven las grabaciones) el rollo de que no fumes en el andén, no fumes en el metro, no fumes en la calle, no fumes junto a los niños, ¡siéntenseme, coño! Aunque la versión catalana sea superior, ¡Vaya sí lo es! Si tenemos en cuenta que el “no fumis” puede interpretarse libremente como “no jodas” y, por extensión, “no me jodas”.
Otro quizá habría dicho: «Uf, me suicido mañana», pero Monicelli era un toscano testarudo que no se andaba por las ramas. Ante tal contundencia, las tribulaciones del conductor urbano - porque dejar el transporte urbano obliga a meterte en esa chatarrería ruidosa e histriónica que llaman circulación - resultan más bien un tanto despreciables. Cierto que conducir en nuestra City o, pongo por caso, en Nápoles tampoco es que sea precisamente una ganga. Aunque comparar los problemas de Monicelli con las “tribulaciones” del urbanitas sea algo así como equiparar la tragedia, en su noble sentido, con la mala comedia. Reconozcámoslo, el coche sigue siendo un Tótem, exactamente como lo describe Wikipedia: “Un tótem es un objeto, ser o animal sobrenatural, que en las mitologías de algunas culturas se toma como emblema de la tribu o del individuo; éste puede incluir una diversidad de atributos y significados.” Ideal para los que cultivan la estupidez y la fantasiosa excitación de la velocidad. Nada que ver con los hacedores de gratificantes mandalas y sí mucho con la mandanga. Quizás por eso ande yo medio aburrido y ya no me “exciten” como antes los inesperados cambios de carril; una filigrana, dicho sea de paso.
Estrellarse desde un quinto piso y terminar frente al área de maternidad le parecería un buen final a Monicelli. Desde esta perspectiva, no pueden dejar de irritarme los claxons de los conductores compulsivos y las miradas de cara de perro de los motoristas, siempre prepotentes y, a la vez, ofendidos de que no se los tenga en cuenta. Ahí lo ven, a este viejo desgraciado cuatro ojos, que no ve más allá de la próxima esquina, dando vueltas y vueltas por los polígonos industriales y las calles asimétricas de luz mortecina de Molins de Rei, bajo la noche de las seis de la tarde, yendo a recoger los 300. No los 300 de las Termopilas, sino los 300 ejemplares de su último libro de cuentos.
Tirarse por la ventana con 95 años no es algo que haga cualquiera, pero ya había dicho Mario Monicelli que lo haría si la vida no era vida.” Y, al fin y al cabo, dirán muchos, todo esto no es nada, si pensamos en la frase de Woody Allen en “Desmontando a Harry”, cuando su personaje afirma que "Lo mejor que te pueden decir en la vida no es 'Te quiero' sino 'Es benigno'". El chiste es bueno, pero si lo pensamos sólo un poco se queda corto. En realidad lo que nos espera es peor: la maldita longevidad. Enterrado el maltusianismo, la población envejece de una forma aterradora. Nos espera –en treinta o cuarenta años a lo sumo, un mundo de zombis: seres balbucientes, seniles, con párkinson o alzhéimer… Ya no será la razón sino la “vejez médica” la que creará monstruos. Ya sólo nos quedará el recurso de Monicelli: tirarnos por la Windows.
De él ha escrito un periodista italiano, cuya referencia me ha sido imposible reencontrar, cosas de la red: “El lunes, cuando murió Mario Monicelli, el último de los grandes directores italianos de la época dorada, en Roma diluviaba. Otro quizá habría dicho: «Uf, me suicido mañana», pero Monicelli era un toscano testarudo que no se andaba por las ramas. Estrellarse desde un quinto piso y terminar frente al área de maternidad le parecería un buen final. Tirarse por la ventana con 95 años no es algo que haga cualquiera, pero ya había dicho que lo haría si la vida no era vida.”
Marcelo Aurelio © Nocturama Fotoblog
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El sueño
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