La educación según Kafka

Sobre los diarios “íntimos” de Franz Kafka hay teorías para todos los gustos. La sensación general, lo que no deja de sorprenderme, no son las previsibles alusiones sobre sentimientos de culpa, de desahogo, de debilidad de carácter, sino la conclusión a la que me llevan esos comentarios: la de que muy pocos se los han leído. Y menos todavía los que lo han hecho con “las cartas a Felice Bauer”. Los hay tan felices (happy) que una vez llegados a la página final de “El proceso” piensan (mentecatos) que ya han cumplido. Los que opinan, acertadamente, que la literatura ya no es una obligación, huyen de ambas lecturas como alma que lleva al diablo. Yerran, por supuesto. Y es que errar es humano.
Tampoco se hallaba en su mejor momento Simone de Beauvoir cuando escribió: "Curiosa cosa un diario: lo que se calla es más importante que lo que se anota”. Si nos ponemos trascendentes no llegaremos a ninguna parte, digo yo. Quizás la Beauvoir era tan mojigata como siempre me la he imaginado… Al fin y al cabo, tenemos diaristas famosos a los que deberíamos respetar: Virginia Wolf, André Gide y Cesare Pavese, por mencionar alguno de ellos. Y quizás diga esto porque yo mismo soy un empedernido diarista.
Más ejemplos. Más ejemplos de que aparcar de vez en cuando la novela, por buena que sea, y repensar la vida (o el día) de otra forma; en esta ocasión con la ayuda de un escritor sin argumento, no viene nada mal. No deja de ser una opinión, claro está. El placer, por ejemplo, de leer los Diarios de Kafka, el Libro del desasosiego de Pessoa o el Diario de un artista seriamente enfermo, de Gil de Biedma no deja de ser un placer subjetivo, pero ¿cuál no es no les?
En el caso que nos ocupa, Franki (así lo llamaban sus amigos) aparece en su versión más próxima, más línea clara, si se me permite la expresión. Constato ese latido de desesperación, es cierto, aunque atenuado e incluso -en no pocas ocasiones- superado por su agudo sentido del humor. ¿No fue, acaso el maestro Gómez de la Serna quien dijo que "el humorismo es echarlo todo en el mortero del mundo, es devolvérselo todo al cosmos, macerado por la paradoja, confuso, patas arriba."? Pues eso también es Kafka. Ya tenemos el arquetipo de lo kafkiano a hacer puñetas. No escasea, faltaría más, la forja donde templaba sus amores y también su incapacidad de entregarse por completo, aunque en esto último, aparte de una cierta teatralidad, quién no anda a cuestas con sus miserias.
Resulta pues que Franki era un tipo socarrón, cuando no gracioso. Que a pesar de su enfermedad crónica, su condena al insomnio y a una supuesta agorafobia que le impidió salir de la cárcel dorada de Praga pero no de la confusión del mundo. Un tipo aparentemente normal que aparecía por las noches y “serenaba” las calles de Praga con una carta de Felice en el bolsillo de su gabán. Un tipo a quien no le consolaría demasiado conocer con antelación las palabras de Antonio Tabucchi: “la cobardía ha producido las páginas más valientes de nuestro siglo, piense por ejemplo en ese checoslovaco que escribía en alemán, ahora no me acuerdo de su nombre, ¿no cree que escribió páginas de una valentía terrible?” Un tipo capaz de escribir cosas como ésta:

"A menudo reflexiono y siempre tengo que acabar diciendo que mi educación, en muchos aspectos me ha perjudicado mucho. Este reproche va dirigido contra una serie de gentes que, por lo demás, aparecen todas juntas y, como en las viejas fotografías de grupo, no saben qué hacer unas al lado de otras; ni siquiera se les ocurre cerrar los ojos, y no se atreven a reír a causa de su actitud expectante. Ahí están mis padres, unos cuantos parientes, algunos maestros, cierta cocinera, algunas muchachas de las lecciones de baile, algunos visitante de nuestra casa en los primeros tiempos, algunos escritores, un profesor de natación, un cobrador de billetes, un inspector escolar, y luego algunos a quienes sólo he encontrado una vez por la calle, y otros que no puedo recordar exactamente, y aquellos a quines no voy a recordar nunca más, y aquellos, en fin, cuya enseñanza, por hallarme entonces distraído, me pasó completamente desapercibida. En una palabra, son tantos que uno debe andarse con cuidado para no citar a uno dos veces. Y frente a todos ellos, formulo mi reproche, hago que, de este modo, se conozcan entre sí, pero no tolero réplicas. Porque he aguantado ya, realmente, demasiadas réplicas, y como me han refutado en la mayoría de los casos, no tengo más remedio que incluir estas refutaciones en mi reproche y decir que, además de mi educación, estas refutaciones me han perjudicado en más de un sentido.”

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